‘Periodistas’, ‘7 vidas’ o ‘Los hombres de Paco’ en televisión y ‘Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí’ [Dunia Ayaso y Félix Sabroso,1997], ‘El tiempo de la felicidad’ [Manuel Iborra, 1997], ‘Las brujas de Zugarramundi’ [Alex de la Iglesia, 2013] o ‘Perfectos desconocidos’ [Alex de la Iglesia, 2016] en el cine, son algunos de los trabajos por los que más se conoce a Pepón Nieto. Pero también ha hecho teatro. Mucho. Y le ha servido para demostrar que es capaz de interpretar cualquier papel en cualquier registro con una solvencia y un talento difíciles de superar. Algunas muestra de ello son ‘Martes de Carnaval’, (Mario Gas en 1995), ‘La cena de los idiotas’ (Paco Mir, 2001), ‘El eunuco’ (Pep Antón-Gómez, 2014-2015), ‘El jurado’ (Andrés Lima, 2016) o ‘La culpa’ (Juan Carlos Rubio, 2018). Ahora, tras rodar ’30 monedas’, la serie de terror de Alex de la Iglesia para HBO, y la comedia ‘Un efecto óptico’ junto a Carmen Machi y bajo la dirección de Juan Cavestany, vuelve a los escenarios con ‘Naufragios de Álvar Núñez’. Escrita por Sanchís Sinterra y dirigida por Magüi Mira, esta obra habla sobre una desastrosa expedición que se hizo en 1527 a La Florida bajo el mando del gobernador Pánfilo de Narváez. Sufriendo, delirando y, en definitiva, sobreviviendo, podremos ver tanto a Pepón Nieto como al resto del reparto (entre los que están Jesús Noguero, Olga Díaz, Clara Sanchís o Jorge Basanta) desde el 12 de febrero hasta el 29 de marzo en el Teatro María Guerrero de Madrid.

¿Sobre qué habla la obra y por qué es relevante para el público?

Creo que, aparte del valor literario que tiene de por sí el texto, que es riquísimo y está maravillosamente escrito por Sanchís Sinisterra, es muy necesario y funciona muy bien aunque lo haya escrito hace muchos años. No cambiamos, vamos siempre en la misma línea y en la misma dirección. Hay un paralelismo entre aquellos conquistadores que salieron de España para buscar el oro y no encontraron más que barro, mosquitos, arañas, víboras y fiebre; de hecho, salieron cuatrocientos y volvieron cuatro… Hay un paralelismo muy claro entre esa situación y la de esos emigrantes que están cruzando el Estrecho cada día y mueren en pateras o llegan aquí buscando una vida mejor, con todo el derecho del mundo que tienen a hacerlo como seres humanos, y lo único que se encuentran es el desprecio y lo más parecido al oro que encuentran son las mantas térmicas doradas esas que les ponen cuando llegan al puerto de Tarifa o a cualquier puerto de cualquier ciudad europea que esté lindando con el Mediterráneo. Creo que hay un paralelismo muy claro entre el siglo XVI y el XXI y está muy presente en la función; Sanchís sitúa la acción en las dos épocas de una forma muy clara, las vincula muy claramente.

¿Qué le ha añadido o aportado la mirada de Magüi Mira a lo que ya estaba en el texto?

Bueno, es que este es un texto muy difícil y Magüi es imprescindible para entender esta función, creo. El trabajo que ha hecho de grupo, de compañía, las imágenes, los referentes que ella tiene y lo que nos ha contagiado para trabajar… Ella hace que el espectáculo sea lo que es. También el trabajo de Curt [Allen Wilmer] y de Leticia [Gañán], los escenógrafos, ese barro continuo en el que a los personajes les cuesta andar, les cuesta moverse… Ten en cuenta que estuvieron allí nueve años, que parece que fueron a conquistar algo y a los dos meses se volvieron. No, estuvieron nueve años en una época en la que la esperanza de vida eran 40 0 45 años; es mucho tiempo. Y estuvieron días y días sin encontrar nada que comer, metidos en pantanos con el agua hasta el cuello, sin momentos para dormir, con enfermedades… Entonces creo que la escenografía ayuda mucho a entender esa situación y esa terrible aventura.

¿Y qué le has aportado tú a tu personaje, además de lo que ya venía en el texto y lo que te propuso Magüi?

No lo sé… Magüi siempre nos ha hablado de esa locura en la que están metidos los personajes. Comen raíces, comen boñigas de venado, plantas alucinógenas… Y esa locura continua que tienen de conquistar algo, de no perder la esperanza de llegar a un sitio… Esas notas de Magüi me han ayudado mucho a componer el personaje desde ese lugar, ese personaje que está ido, pero que, de repente, te salta por los cerros de Úbeda y dice que quiere conquistar y que va a clavar los estandartes de la Casa de Narváez cuando han llegado a un pantano de mierda donde no tienen nada ni conquistan nada ni consiguen nada porque no hay nada; ni siquiera vuelven y, si lo hacen, lo que vuelve es el pellejo, no la persona que se fue. Eso lo cuenta también la función.

Para mostrar esa locura de la que hablas, ¿en qué tuviste que centrarte durante el proceso de creación del personaje? En la forma de hablar, de relacionarte…

Sí, creo que un poco de todo. Esa situación que tiene él, ese estado casi febril, que grita, que no sabe dónde está… Lo dice en el texto, que lo que encontraron ahí fue barro, mosquitos, arañas, flechas con veneno… Porque los indios también se defendía, claro, y fueron asaetados y masacrados. O sea, ellos fueron a masacrar, pero también los masacraron. Fue una situación muy tremenda y de la que, además, tenemos muy poco conocimiento. Está muy documentado, porque hay un Archivo de Indias en Sevilla estupendo, pero nosotros hemos obviado esa etapa de nuestra vida que nos pone en un punto de vista un poco incómodos. Bueno, ahora, en la serie que se está emitiendo en Amazon sobre Hernán Cortes, se puede ver mucho eso, ¿no? Nosotros hemos pasado por una etapa de nuestra vida, que han sido siglos… Los americanos han hecho un género de la ida del Este al Oeste y nosotros no contamos esa historia por eso que tenemos siempre de cubrir lo que nos da vergüenza; creo que es un rasgo muy español eso de no querer mostrar los muertos de las cunetas, poner una manta sobre todo ello y aquí no ha pasado nada, ¿no? Eso de que de lo que no se habla, no ha ocurrido. Y no es cierto, ha ocurrido y tenemos que aprender de la historia. También creo que es importante que se ponga en un escenario, que se pongan encima de la mesa este tipo de historias que son nuestras.

El proceso por el que compusiste este personaje, ¿es el mismo que seguiste, por ejemplo, en ’30 monedas’ o cada proyecto, cada personaje tiene el suyo propio?

Yo es que no sé hablar muy bien de cómo trabajo, no sé explicarlo muy bien. Siempre trato de entender al personaje, nunca juzgarlo y hacerlo cercano a mí para que sea cercano a los demás y, por tanto, creíble; ese es básicamente mi trabajo. Lo que pasa es que este personaje está muy alejado de mí en tiempo, en época, en situación… Uno, cuando va haciéndose mayor, va viviendo cosas que te van marcando la personalidad y que te dan información sobre cómo reaccionan esos personajes. Tú con 20 años no puedes interpretar la muerte de un padre si no te ha pasado, no tienes esos referentes, por ejemplo. Sin embargo, hay personajes que, por muchas vidas que vivas, nunca los vas a entender, por lo que para entrar en esas situaciones te tienes que documentar y te las tienes que imaginar… Tienes que leer qué le pasaba a esta gente, de dónde es este tío, por qué sale del Puerto de Sanlúcar de Barrameda, qué enchufes tiene con el emperador Carlos para que le dé la misión y que, además, se lleve una doceava parte de lo que conquiste, que no conquistó una mierda… Cómo se enreda años antes con Hernán Cortés, se va a Veracruz a la guerra, lo apresan en Cempoales, se tira dos años y le rajan la cara, lo dejan tuerto, la cara nunca se le termina de curar… Es un tío al que todo le sale mal y tiene un medio enchufe porque es medio lerdo, lo único es que: “Por mis cojones, voy”, pero sin planificar nada. Es un poco desastre. Yo tengo que documentarme sobre el personaje e imaginarme la situación porque no la voy a vivir nunca.

¿Se parecen en algo Magüi Mira y Alex de la Iglesia como directores?

Uy, son muy diferentes… Tienen puntos en común: la pasión, las ganas de jugar, la energía… Magüi, con su edad, tiene una energía desbordante y una lucidez fantástica y eso sí que lo tiene en común con Alex. Luego es que trabajan en medios distintos: Magüi hace teatro y Alex pone las cámaras y la técnica del cine es muy distinta a la del teatro. Magüi trabaja mucho más con los actores porque es así como se trabaja en el teatro. Alex trabaja con los actores, pero trabaja también con la cámara, con las posiciones, con cómo lo quiere contar, qué planos quiere hacer, cómo lo ha planificado…  En ese sentido son distintos, pero, desde luego, en la pasión, la lucidez y en tener un punto de vista personal, cada uno con el suyo, sí se parecen.

Acabas de terminar el rodaje de ‘Un efecto óptico’, lo que significa que en un año has hecho teatro, cine y tele, comedia, drama y terror, con tres grandes directores… Estás en ese ideal del actor de hacer de todo.

A mí me gusta picar de los tres medios, me siento cómodo trabajando en los tres. Además, soy un culo inquieto y me gusta mucho estar en esta situación, aunque no se da siempre. Luego, además, estas funciones, que son para el Centro Dramático Nacional, tienen una vida muy concreta y acaban en un espacio de tiempo breve, así que se disfrutan mucho. También estoy acostumbrado a hacer funciones que duran un año y medio, que te vas de gira… Y claro que tienen su parte positiva porque terminas conociendo mucho al personaje y metiéndote mucho en la historia. Pero esta función son siete semanas y ahí se acaba, no se va a hacer nunca más, y quieres disfrutarlo. Creo que todo lo que estoy haciendo desde el año pasado y este que empieza me está haciendo mucha ilusión, lo estoy disfrutando mucho y lo estoy viviendo con muchas ganas. Nunca me canso, siempre agradezco que me pasen las cosas, cada proyecto lo vivo como una fiesta, como que me han invitado a una cosa que me apetece mogollón. Magüi me ha invitado a estar aquí y me apetece muchísimo y disfruto mucho haciendo a ese personaje, moviéndome en ese caballo… Y luego se ha generado ese concepto de compañía, que es difícil cuando todos somos actores que venimos cada uno de su padre y de su madre, que cada uno afronta el trabajo de una manera distinta…  Pero eso no ha evitado que se haya generado una compañía, ¿no? Gente quiere hacer lo mismo y que tiene las mismas ganas de subirse a un escenario y hacerlo bien. Y eso es fantástico.

Desde que empezaste hasta ahora, ¿en qué crees que has mejorado como actor?

No lo sé… Ahora estoy más sereno, pero me imagino que tiene que ver con la edad, no con el trabajo. Yo es que, primero, hablar de mí me cuesta mucho [dice ruborizándose]; creo que ese tipo de cosas las tienen que decir los espectadores. A ver, puedo hablar de mí a nivel personal, de cómo me siento, pero no puedo decir en qué he mejorado. Sí he intentado no perder la ilusión y las ganas que tenía al principio y he aprendido que los fracasos no son para toda la vida y los éxitos, tampoco. El trabajo me lo tomo de una forma mucho más serena; antes me agobiaba mucho más si pasaban dos meses y no me llamaban. Ahora me tomo la vida de una manera más tranquila, pero creo que tiene que ver con la edad más que con el trabajo en sí.

¿Hay algo que te gustaría explorar, probar, ver si eres capaz de hacer…?

Sí, sí, claro. Cada proyecto en el que estás es porque quieres que sea un reto nuevo y hay algo que quieres hacer, que quieres superar y que te gusta aprender. Me gustaría hacer… Hay una función que siempre he querido hacer y que ahora parece que en un futuro no demasiado lejano voy a poder y es trabajar… Siempre he querido hacer Yago, de ‘Otelo’, pero porque es ese tipo de personaje que funciona desde otro sitio y yo nunca los he hecho y tengo muchas ganas de afrontarlo. Ese camino me apetece mucho investigarlo dentro de mí.

Por María Cappa