Estudió danza porque su madre quería que fuera bailarina, actividad a la que se dedicó profesionalmente hasta finales de los años 90. A pesar de su amor por el baile, Mona Martínez siempre había querido ser actriz, profesión en la que debutó con Benito Zambrano en ‘Padre Coraje’. Desde entonces no ha parado de trabajar, ya sea en cine (‘Ana de día’, [Andrea Jaurrieta, 2018], ‘El reino’ [Rodrigo Sorogoyen, 2018]), televisión (‘Vis a vis’, ‘Vota a Juan’, ‘Hispania, la leyenda’) o teatro, a las órdenes de directores como Miguel Narros, Ernesto Caballero, Chema Tena o José Luis Arellano, que la dirigió en ‘Ay, Carmela’ y por cuyo papel estuvo nominada a mejor actriz en los premios Hellen Hayes de EE.UU. Este 16 de octubre vuelve al teatro con ‘Las bárbaras’, que dirige Carol López en el Valle-Inclán de Madrid, y el próximo 31 de octubre podremos verla en la nueva película de Paco Cabezas, ‘Adiós’, cuyo elenco encabezan Mario Casas, Natalia de Molina, Carlos Bardem y Ruth Díaz. Además, a finales de noviembre volverá a la Sala Arapiles con ‘Óscar y la felicidad de existir’ y a la gran pantalla con ‘Intemperie’, la nueva película de Benito Zanbrano protagonizada por Luis Tosar.

¿Qué te aportan Amparo Fernández y Ana Wagener, tus compañeras en ‘Las bárbaras’?

Toda la sorpresa de descubrir a dos mujeres de las que siempre he oído hablar, pero con las que nunca había tenido la suerte de estar. Y sobre todo la sorpresa de ver cómo son en el trato persona; eso me fascina. A Ana la conocía porque tiene mucha amistad con Roberto Enríquez, pero no había trabajado con ella ni había entablado tanta conversación y me está encantado. Y lo del escenario, por supuesto, por descontado. Todo lo que te aportan, todo lo que te enseñan, todo lo que suman a tu visión del teatro, a tu compromiso, ver que hay personas que tienen el mismo pensamiento que tú sobre esta profesión… Y Ana, además, por su experiencia, te enseña mucho; no ya en el trabajo, sino en tu vida personal. Las dos tienen una generosidad… No es que no me la esperase, sino que no tenía mucha referencia de ellas y me ha gustado mucho.

¿Qué le has aportado a tu Carmen respecto a lo que se daba en el texto?

Le he aportado la edad, la experiencia de vida… La función es bellísima y toca muchas cosas con una base concreta que es la amistad, porque estas tres mujeres son muy amigas desde la infancia. Entre otras cosas, habla de la maternidad desde muchos puntos de vista; no es un panfleto que quiera dar una lección o imponer la ideología de la autora, sino que hay una mezcla de diferentes puntos de vista. Y en mi vida personal hay muchas cosas de este personaje, sobre todo su elección de vida, que fue no tener hijos por su profesión. Lo de los hijos no se me pasaba por la cabeza porque yo era bailarina y tener un hijo era imposible, tenías que dejar de trabajar, y luego se sumó el teatro y lo vas posponiendo… Aparte de los componentes de amistad que todos tenemos y que se van a ver cuando vayan a la función. Hay muchas cosas que aprendo del personaje de Carmen y muchas otras que puedo entender.

Entre los muchos temas que abarca, la obra también aborda la experiencia de ser mujer en tu generación. ¿Tu visión se corresponde con la de tu personaje?

Totalmente, aunque creo que la maravilla de este texto en este sentido es que… Todos tenemos una ideología, una forma de vida, una experiencia, pero hay una generación que viene y nos propone otra nueva, lo que nos hace plantearnos preguntas Yo esto lo estoy viviendo con mi sobrina, que cada día me despierta una faceta nueva que yo no había pensado sobre el patriarcado y otros temas que ahora se están empezando a nombrar. Esta generación hace que te plantees preguntas sobre tu pasado y sobre las circunstancias que hicieron que no pudieses cumplir tus deseos. Eso se plantea en esta función y, personalmente, no he encontrado ninguna incompatibilidad ideológica con el rol que me ha tocado. Con los demás personajes ha habido alguna cosa, pero tampoco. Es que lo maravilloso de la función es que te hace pensar sobre cuestiones que ni te habías planteado y que tienes que plantearte para poder contar esta historia.

El 31 de octubre se estrena ‘Adiós’, de Paco Cabezas. ¿En qué se diferencia el trabajo que hiciste para construir el personaje de la película del de la obra?

El de la película es una mujer de clase baja, se ha criado rodeada de pobreza y ha tenido que sobrevivir en un mundo hostil; el de la obra es de clase alta, o al menos media-alta, por lo que son mundos completamente diferentes y para abarcarlos tienes que acercarte lo máximo que puedas a cada uno. Aunque no los haya vivido de forma directa, sí lo he hecho indirectamente y he visto gente que ha vivido así, por lo que bebes de esas fuentes; esto te inspira preguntas e investigas sobre estos sitios. Pero bueno, María, el personaje de la película -que es bellísimo y del que he aprendido muchísimo-, lo tenía más cercano. De hecho, cuando hice la prueba, lo que a Paco le gustó fue que pensó que no tenía que explicarme mucho sobre lo que había vivido este personaje; no ya de lo que le estaba pasando, sino de su bagaje porque yo me he criado en barrios obreros de Málaga y he vivido todo ese mundo de cerca, lo conozco, conozco a las madres y también a los jóvenes de los que se habla en la película. El personaje de Carmen no me es tan cercano pero tienes que documentarte, esa es tu tarea.

¿Construyes tu personajes siempre de la misma forma o depende del proyecto?

Depende del proyecto, depende del personaje… Siempre hay algo básico que es el texto y a partir de ahí tienes que empezar a construir, para lo que ya tienes tu experiencia y tu técnica a la hora de trabajar. Y luego está el trabajo del director. No hay que llevarlo muy cerrado para que no sea inamovible, así, cuando llega el director, con lo que piensa, quiere y lo que cree que hay que contarle al público, lo vas construyendo. Hay veces que llegas al ensayo y prefieres hacerlo de fuera a adentro y otros días tiene mucha más presencia el tema emocional, aunque siempre tiene que estar presente.

¿Qué diferencias hay entre Carol López y Paco Cabezas como directores?

Mira… Me gusta que me hagas esa pregunta, aunque no sé si te la puedo contestar porque hablaría mucho tiempo de cada uno de ellos, pero sobre todo hay algo que para mí ha sido muy enriquecedor y es que Carol es la primera mujer que me dirige. En televisión tuve a Sandra [Gallego], la directora de ‘Vis a vis’, pero el trato tan continuo y tan directo que se vive en una función de teatro no lo había tenido nunca con una mujer. Lo que se produce de amistad, de amistad femenina, porque somos todas mujeres, incluso la ayudante de dirección, Chus de la Cruz… Eso es nuevo para mí y es muy interesante. Bueno, miento, Vicenta Ndongo sí me dirigió en una lectura, pero no tuve la dicha de tenerla mucho tiempo. La diferencia entre Paco y Carol… El proceso de ensayo en cine y en teatro es distinto; en teatro hay mucho más tiempo, las cosas se desmenuzan más… Pero también te digo que Paco ha sido… Le tengo que agradecer mucho por su trato, por su sensibilidad exquisita a la hora de abordar temas humanos y por cómo trata a la mujer en su película; me parece una brutalidad lo bello que lo hace. Cuando recibí la primera secuencia, que fue la que estudié para la prueba… Ni siquiera era una secuencia que fuera a incluirse en la película, la escribieron para hacer la prueba. Y me impactó muchísimo cómo conocía el lenguaje, pero auténtico, de las madres y las abuelas andaluzas. ¿Cómo podía tener esa sensibilidad tan nítida? Yo pensaba que lo había escrito una mujer. Entonces, te digo que es muy diferente que te dirija un hombre que una mujer, pero la sensibilidad tiene que ir a la par en lo femenino y en lo masculino, es indispensable. Y los dos la tienen. Carol es una mujer muy moderna, muy extrovertida, pero a la vez conduce muy bien todo lo que te propone para trabajar; es muy grato. Pero sí hay una cosa de confianza que lo da ese círculo de mujeres y que te da otra permisividad en las cosas. Eso me gusta, es muy agradable.

Me decías que antes de ser actriz habías sido bailarina. ¿Fue natural el tránsito de una profesión a otra o te costó?

Pues no porque en realidad yo quería ser actriz, pero mi madre quiso que fuese bailarina. Tampoco tenía conocimiento de que existieran escuelas de teatro, en su día, aunque sí veía películas maravillosas y mi hermana me llevó por primera vez al teatro y pensé: “Ah, esto es”. Pero como ya había empezado a bailar, hice la carrera. Me vine a Madrid, de Málaga, a la calle Amor de Dios para estudiar danza-teatro. O sea, quería hacer teatro, pero quería hacer lo que hacía Manuela Vargas con Miguel Narros, que eran espectáculos de danza-teatro con flamenco. Para mí aquello era un mundo maravilloso, entonces me vine buscándolo. Luego ya me fui a bailar fuera mucho tiempo y ya sabía que tenía que intentar lo que realmente quería, que era teatro, así que volví a Madrid en el 98 y ya me quedé. Estudié en Réplika y lo primero que hice fue ‘Padre Coraje’ y ya empecé a trabajar como actriz. Pero el baile lo echo mucho de menos. Cuando voy por Amor de Dios, algunos días, que me meto a ver los carteles de los que fueron mis maestros, de Ciro, de María Magdalena, de Paco Romero… Lloro, me emociono, quiero volver…

¿Te ha servido la danza para ser mejor actriz?

¿La danza? Es imprescindible. Imprescindible. El control del cuerpo, el manejo del cuerpo… No hablo de flexibilidad o de capacidad física, sino del autoconocimiento, del movimiento, del sentido espacial, del sentido de la distancia, del sentido con el otro… Para mí ha sido imprescindible y sé que es una cualidad que me ha aportado muchísimo a la hora de trabajar como actriz. La música, lo mismo, es el mismo aporte. Baudelaire decía que el actor tiene que tener musicalidad, que es imprescindible, y es cierto, yo lo corroboro. A mí me ha ayudado mucho el haber bailado tanto tiempo.

A pesar de los años de experiencia, sigues formándote. El año pasado…

Y sigo. El otro día revisé el currículum y el último módulo que hice con Fernando Piernas, que es con quien sigo entrenando siempre, fue en junio. Es que me parece imprescindible estar siempre en contacto contigo, con conocerte a ti mismo. Conocerte como actor y conocerte a ti implica que vas a poder dar cabida a cómo piensan otros, que son los personajes que tienes que interpretar, y eso se tiene que entrenar en algún sitio. Desafortunadamente, los tiempos de ensayos no son los que requieren los roles; 45 días de ensayo no son los ideales para hacer el proceso de trabajo que requiere el teatro. En otros países se sigue respetando que el proceso sea más largo. Es que hay que llegar a pensar diferente de cómo piensas tú; no eres tú, eres un personaje, por lo que para seguir conociendo todo eso es imprescindible entrenar. Además, es lo más grato y lo más valioso porque mientras entrenas ves que tienes libertad, que tienes miles de facetas expresivas más que no siempre puedes poner en un escenario o en un plató.

¿Cuál es la clave para que cada personaje sea distinto al anterior y a ti misma?

Creo que está en lo que venimos hablando, en cómo piensan. Cómo piensa Mona Martínez y cómo piensa María Santos, el personaje de la película. Cuáles han sido sus circunstancias, en qué me parezco yo… No en qué me parezco, sino, ¿puedo saber de lo que está hablando? Si está hablando de cómo defender su clan y sus hijos por encima de todo, ¿en qué se parece? ¿Cómo puedo entenderlo? ¿Cómo puedo saber cuál es esa experiencia para poder comunicarla, para poderla transmitir? Ahí ya se produce la diferencia, va ligada a esa forma de pensar. Pensar ya implica un movimiento, una expresión que siempre eres tú, pero que tiene… Admiro mucho a esos actores que se arriesgan en ese sentido y los ingleses lo hacen mucho, los americanos… Hay países en los que la composición es natural y creo que es muy enriquecedor. Si yo tengo que hacer de una asesina, su punto de vista todo el día se compone mirando el mundo de una manera determinada y esto te da un comportamiento diferente en todos los sentidos.

¿En qué que has evolucionado como actriz desde que empezaste?

Siempre pienso que la diferencia te la da el seguir entrenando, que sigues descubriendo espacios nuevos, facetas nuevas de expresión y de libertad y eso te da amplitud. Esto, a la hora de pasarlo a un ensayo, enriquece. Amén de muchos directores con los que aprendes; de repente hay alguien como Chema Tena, con quien estuve haciendo ‘La Pilarcita’, que te descubre una forma de estar en el escenario y eso ya lo vas aplicando a todo. Pero creo que seguir entrenando es básico… En mi caso, ¿eh? Es básico para seguir observando la vida. El actor, igual que el director, tiene que observar mucho la vida para saber cómo contarla; ahí entran la ética y la responsabilidad como actor y eso te lo da el ponerte a cero, por lo menos, una vez al año.

¿Y en qué puedes seguir mejorando?

Ay, me encantaría hablar francés, irme a Francia y estar un año y vivir y probar… Irme a México y vivir otro año… Del inglés ya he desistido. Tuve la oportunidad de hacer una prueba para Sorrentino, pero como no tengo nivel alto de inglés, la perdí. Javier Cámara, al que adoro y con el que trabajé en ‘Vota a Juan’, habló de mí y me llamaron. Me dio mucha pena no poder hacerlo porque Sorrentino me encanta. ¿En qué puedo seguir mejorando? En ocupar más espacio, tener más libertad, más expresión y ser más nítida a la hora de comunicar las historias. El bagaje es en lo que vas cambiando; cada vez tienes que ser más nítido para comunicar lo que la pieza tiene que comunicar y eso es trabajo diario, no es aprenderte el texto y hacerlo mañana.

Estrenas ‘Las bárbaras’ el 16 de octubre, ‘Adiós’ el 31 de octubre… ¿Hay algún otro proyecto donde te podamos seguir viendo?

Pues sí. Vuelvo con el monólogo que estuve haciendo la temporada pasada en la Sala Arapiles, ‘Óscar y la felicidad de existir’, dirigida por Pérez de la Fuente. Es un texto bellísimo de Éric-Emmanuel Schmitt con el que volveré después de terminar en el Valle-Inclán, en noviembre. El año pasado estuve toda la temporada haciéndolo y ha sido un antes y un después para mí; trabajar durante una hora y pico sola en el escenario es un reto bellísimo. El segundo día creí que me había equivocado; en plena función pensé: “Yo no puedo hacer esto”. Pero luego me ha dado mucha felicidad.

Por María Cappa