Entre finales de los 70 y principios de los 80, mientras estudiaba cine y televisión en la Universidad Complutense de Madrid, creó, junto a varios amigos, el Colectivo Cinematográfico El Bodrio, donde rodó sus primeros cortometrajes. Ya instalado en Madrid, a principios de los 90, fue director-realizador y coordinador de realización de dos de los mejores programas de la televisión nacional: Lo + Plus y Las noticias del guiñol. Con el primero ganó una Antena de Oro y un Premio Ondas galardón que también obtuvo con el segundo, además de varios Premios ATV, entre otros. En cuanto a la ficción, Antonio Cuadri ha dirigido o escrito series tan míticas de la televisión como ‘Al salir de clase’, ‘Manolito Gafotas’, ‘Cuéntame cómo pasó’, ‘Entreolivos’ o ‘Fugitiva’. En la gran pantalla, tras estrenarse con el largometraje ‘La gran vida’ [2000] -protagonizada por Carmelo Gómez y Salma Hayek-, continuó rodando películas como ‘Eres mi héroe’ [2003], ‘La buena voz’ [2006] mientras simultaneaba sus trabajos en televisión. En 2007 rodó uno de sus films más ambiciosos, ‘El corazón de la tierra’, que se alzó con el premio a la mejor película en el Festival Internacional de Cine Latino de  Los Ángeles. En Tituloriginal hablamos con este prolífico director, quien comparte con nosotros su trayectoria profesional, su visión sobre su oficio y lo que con él ha aprendido.

En ‘El corazón de la tierra’ mezclas realidad con ficción. ¿Cómo se ensamblan ambos mundos para conseguir que sea creíble?

Creo que cuando abordas la adaptación de una historia basada en hechos reales, como es esta historia -que se basa en los sucesos del año de los tiros, este proceso que hubo en Huelva en esta época-, hay una frase que dicen los americanos y que recomiendan a los escritores, a los directores, a los guionistas cuando están haciendo algo basado en hechos reales: que la realidad no te arruine una buena historia. Aquí es el conflicto entre la historia y la historia. Dicho así, suena confuso, pero en inglés se te aclara: history e story. El respeto a los hechos históricos que acontecieron y cómo a eso le tienes que meter el cuento de hadas dentro de una ficción. ¿Cómo se hace? Pues intentando pegar el lobo arquetípico, el lobo de la ficción a lo que en la realidad fue el villano. El villano, ¿desde qué punto de vista? Porque en todo relato se toma partido. En esta película, basada en una novela, el propósito era muy romántico; digo romántico en el sentido más estricto del término, no en el superficial.

¿Tipo Larra?

Tipo Alejandro Dumas. Este espíritu romántico de reivindicar estas historias en las que, de alguna manera, a veces de manera ingenua, como Víctor Hugo, te pones de parte de los desfavorecidos, de los miserables.

¿Cuándo o cómo o por qué decides qué tipo de fotografía quieres para la película, qué tipo de planos, dónde colocar la cámara, cuándo cortar una toma…?

Cuando era jovencito me preocupaban esa serie de cosas. Ahora, cada vez menos. Todo lo que tiene que ver con la técnica, con esos elementos, evidentemente, hay que tenerlos claros, hay que estudiarlos, pero hoy me preocupan menos en el sentido de que un director… A mí la palabra creador me viene grande, me resulta muy pretenciosa; incluso la palabra artista. Yo reivindico la artesanía, yo hago canastos con mimbres, me gusta la artesanía, el trabajo hecho a mano. Creo que lo importante es llegar a ese esencia en la que, en la mente del director, se mueven los muñecos, se mueven las imágenes y tú sientas, al imaginarlo, la emoción que quieras transmitir. Esto se basa en información, emoción y sorpresa. Puede parecer muy reduccionista, pero de verdad que funciona así. Tú juegas con la información, la anticipas o la retrasas, le das una pista al espectador o la metes por sorpresa y eso lo tienes que poner al servicio de la emoción, porque, si no hay emoción, no hay relato. Lo otro es información pura e, incluso, el periodismo moderno ya no renuncia a la emoción. Una vez que tienes ese monstruo es cuando decides, en la preproducción, qué fotografía darle, qué formato darle.

¿Y durante el rodaje?

Mira, yo de joven era partidario de la planificación del story board. Ahora, no. También te dan esa seguridad las horas de vuelo, ¿no? Pero preocúpate por crear algo vivo, una puesta en escena… No improvisar porque la producción tiene que saber si necesitas una grúa o, si estás en exteriores, qué calles cortar, pero, si las circunstancias te lo permiten -y la revolución digital te lo permite cada vez más-, tienes que poner la técnica al servicio de la historia, no condicionar la historia por una planificación previa. ¿Cuándo decides cortar? Pues cuando, como privilegiado primer espectador de lo que está sucediendo, decides que ya está contado lo que quieres. Muchas veces el guion dice que hasta aquí, pero el actor, cuando termina el texto y el personaje que tenía que darle la réplica se va. Si no cortas, el actor, que es maravillo, tiene que seguir, se sienta y a lo mejor esos 20 segundos de cola, de propina, frente a lo que tenías imaginado es lo que te da la clave. Es más, a lo mejor después cortas todo lo demás y te quedas con eso. Algo vivo. Te diría que hay que basar las decisiones siempre en algo que esté vivo, que no sea artificial, sintético.

Teniendo esto en cuenta, y considerando que tú también eres guionista, ¿hasta qué punto hay que respetar el guion?

Mira, el guion… Yo le escuché a un director español, Antonio del Real, decir que para bien o para mal el director es el que escribe la última versión del guion con su cámara. Y es verdad. Para bien o para mal… Este es un tema es muy importante. Mira, si tú con un guion te limitas a realizarlo, a quedarte en la superficie, serás muy fiel, pero te estarás limitando a realizar una visualización externa. Tú tienes que contar la historia desde dentro, tienes que hacer la historia tuya y tienes que reescribirla con imágenes, con lo cual, creo que al final, aunque parezca contradictorio o paradójico, tienes que cambiarlo para ser fiel a su esencia. Otro productor muy veterano decía que un guion era una guía. El superlativo de guía sería guion, una guía gorda, pero no deja de ser algo que te guía, algo que te inspira. Si lo convertimos en el dictador de tus planos y de tus secuencias, terminarás haciendo algo frío.

Además de películas has dirigido series, algunas de ellas míticas, donde la figura del director tiene que someterse a la historia que está contando. ¿Te cuesta eso más que imponer tu visión?

No, no, no… Yo me he divertido mucho haciendo series, tanto las de autoría propia, como ‘Al Salir de Clase’ o ‘Entreolivos’, más recientemente, o teniendo el honor de incorporarme a un equipo como pasó en ‘Manolito Gafotas’, ‘Cuéntame’ o ‘Fugitiva’… Fíjate, te confieso que siempre, cuando he tenido la oportunidad, y con las series se ruedan horas y horas, he intentado experimentar. Dentro del lenguaje que te pide el productor y siendo fiel al formato de la propia serie, hacer travesuras.

¿Por ejemplo?

Pues mira, en ‘Cuéntame’ fue mi divorcio definitivo y radical con el story board. Ahí me propuse –con el privilegio de tener actores como Imanol Arias, Ana Duato, Juan Echanove…- disfrutar del espectáculo, colaborar a hacer algo vivo y retratarlo. Eso fue hace diez años. Ya lo tenía un poco en mente, pero esa serie me permitió llevar a cabo ese experimento. También, por ejemplo, plantear una planificación que se está desarrollando de una manera orgánica, sobre la marcha… Creo que es que la televisión es un regalo porque te permite hacer muchas horas y probar y jugar.

También has dirigido televisión en directo, dos de los programas más relevantes de nuestro país: Lo + Plus y Las noticias del guiñol. ¿Qué te exigen este tipo de formatos?

La televisión en directo te exige… Hacerte budista [dice entre risas]. A mí Lo + Plus me quitó la tontería de los nervios. Es maravilloso. Soy un tipo raro, pero me encantaría hacer otra vez un programa de este estilo, aunque estoy seguro de que hay realizadores nuevos que lo harían mucho mejor. Pero un directo es precioso de hacer, es apasionante: tiene lo mejor de la televisión y lo mejor del teatro. Un directo con público, con sus reacciones, sus risas… Yo tenía varios micros en la grada del público e iba escuchando sus reacciones para ir dando directrices en función de lo que les pasara. Ese programa fue un gran éxito de un equipo irrepetible.

¿Qué nos ha pasado, que si vemos hoy esos programas nos parecen tan transgresores?

Esa experimentación o esa innovación o esa transgresión que has señalado de la época de Canal + en los años 90 se pudo llevar a cabo porque había una clientela fija en sentido estricto. No era una televisión que dependiese de la publicidad, había unos abonados. Nuestro lema entonces era: “Hacemos televisión para la gente que detesta la televisión”. Pero cuando el fenómeno de la televisión de pago se reconvierte en plataformas de ficción, parece que se establecen dos  mundos: una televisión en abierto para marujas y jubilados, y lo digo con todo respeto y todo cariño, pero por simplificar, y después la nueva televisión que son las plataformas. Pero la televisión en abierto desaparece con una generación. Y yo creo que la experimentación, no solamente en la ficción, sino también en los informativos… Fíjate que lo que no es ficción es la radio televisada, la tertulia, el informativo. Yo no descarto que, efectivamente, el mundo de las plataformas también investigue o evolucione en ese sentido, en la creación de programas de entretenimiento de este tipo. Yo fui un privilegiado. Se han hecho programas con mucho más presupuesto, con mucha más audiencia, aparentemente, con mucho más éxito, pero lo que supuso el magacine de Lo + Plus y Las noticias del guiñol, cómo se preparó… Yo, que lo viví desde dentro, te puedo decir que es irrepetible y es un verdadero honor haber participado y haber estado allí en ese momento. Es un concepto democrático, amplio, abierto de la cultura sin renunciar al humor, sin renunciar a la transgresión, a que te puedas estar divirtiendo mientras manejas información o un contenido que te pueda enriquecer culturalmente.

Volviendo al cine, en una entrevista decías que, en una película, el boca a boca empieza a funcionar a las dos o tres semanas. ¿Qué hay que hacer hoy en día para que una película española permanezca ese tiempo en cartelera?

Claro, pues como no tengas detrás a una de las televisiones privadas… En el cine independiente, poco puedes hacer, realmente, porque los ciclos son muy breves. Se estrenan una media de 12 películas a la semana; la que menos hay, son 8 o 10 y la que más, 16. Es una locura, un consumo acelerado. Vivimos en una sociedad acelerada, ¿no? Cuando no aparecen las dos rayitas azules en el Whatsapp ya nos ponemos nerviosos, mientras que nuestros padres o nuestros abuelos echaban una carta al correo y esperaban dos meses la respuesta si iba para América. Es realmente difícil. Creo que hay un universo paralelo para los jóvenes creadores… Hay una serie de jóvenes directores, directoras, guionistas… que creo que pueden y deben buscar alternativas en las redes y estoy seguro de que incluso en las salas. Mira, ¿me dejas hacer un poco de promoción?

Sí, claro.

Hay unos amigos que van a abrir un cine en Madrid, el Cine Embajadores. Es la primera vez en 30 años que, en el centro de Madrid, en vez de cerrarse un cine, se abre. Y son salas pequeñas, pero es un fenómeno que ya está dando la vuelta al mundo porque con tanta virtualidad la gente busca lo auténtico, busca los teatros, busca el cine. Mucho Netflix, con perdón, pero una sala a oscuras, compartiendo las emociones con otros, aunque sean 40 personas… Es un cine que nace con la vocación de proyectar cortometrajes, cine independiente, van a darle espacio a los nuevos directores… El promotor, Miguel Ángel Pérez, es un empresario que también es guionista, lo fue de una de mis películas, ‘Eres mi héroe’. Te quiero decir que hay que buscar cauces no solamente en las redes, sino que también pueden aparecer en el espectáculo tradicional del cine. Creo que hay que investigar por ahí y situarse al margen del sota, caballo y rey… Porque, si no, Hollywood… Que es maravilloso, ¿eh? Yo soy un gran espectador de sus películas, pero no son nuestras historias e imprimen a la industria una dinámica de inmediatez innecesaria.

¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta la industria del cine en España?

Yo creo que en España hemos perdido una oportunidad de oro de haber seguido el modelo francés en lo que se refiere a las salas. Deberíamos haberle prestado atención al exhibidor. Básicamente, lo que han hecho los franceses ha sido subvencionar la producción y, a la vez, proteger las salas de cine francés de los trucos comerciales de los grandes estudios, que son quienes programan las salas. Sin embargo, los franceses tienen una ley mediante la que prohíben que lo que no se considera una película de cine, es decir, las TV Movies, puedan estrenarlas en las salas, cosa que en España no sucede. Se ha perdido una oportunidad, porque si no queremos que desaparezca el cine, como producción, lo que tenemos que hacer es pelear para que no desaparezcan los cines.

¿Tienes proyectos a la vista?

Mira, para dirigir, estoy con unos guiones, creo que muy interesantes, y un poco por concretar fecha de rodaje, que espero que sea este año. Y hay una cosa de televisión, también, pero intento tomármelo con calma porque cada uno tiene la historia que tiene y la trayectoria que tiene, pero, para mí, en este momento que estoy viviendo, la conciliación familiar y ese espacio que le quiero dedicar a la familia es importante. A lo mejor, a partir de ahora, hago menos cosas, pero intentaré perpetrar lo menos posible y producir y hacer cosas interesantes. Me interesa mucho también la docencia. De vez en cuando hago cursos, el contacto con la gente joven me vitaliza mucho e, incluso, me proporciona muchas veces la posibilidad de contactar con gente que puede convertirse en colaboradores a nivel de guion, de interpretación, de dirección… Creo que es un oficio apasionante. A pesar de todo, lo que más me sigue gustando y lo que más me sigue apasionando es ver películas. Eso es lo que mejor hago.

Por María Cappa