Este escritor, director y productor de cine iba para pintor, por lo que se licenció en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid. No dejó de lado su amor por los pinceles, pero se enamoró de la cámara, así que estudió Cine en la University of North Carolina e hizo un Master en el San Francisco Art Institute. Tras dirigir varios cortos de ficción como ‘Bedford’ [2004] o ‘Flat Love’ [2009] llega ahora con ‘El cuadro’, una cinta a caballo entre el documental, el cine negro, la realidad y el cuento fantástico sobre Las Meninas, una de las pinturas más enigmáticas de Velázquez. Durante casi 110 minutos, Andrés Sanz invita a los espectadores a convertirse en detectives mientras los guía por un laberinto de pistas que pueden llevarlos a descubrir qué misterios encierra esta obra de arte. Durante esta semana, todo aquel que quiera aceptar la invitación de Sanz podrá hacerlo en Murcia (Centrofama), Huelva (Aqualón), Tenerife (Prime Prime) y Cartagena (Mandarache). A partir del 15 de noviembre, que preparen la lupa, la gabardina, la pipa y la boina de tweed quienes vivan en Bilbao (Multicines), Vitoria (Gurdi) y Logroño (Moderno). Los residentes en Madrid, además de probar sus dotes de investigación en los Renoir Princesa, podrán asistir al coloquio con el director todos los pases entre el 16 y el 21 de noviembre. Velázquez, misterio, y debate. ¿Se le puede pedir más a una película?

¿Qué misterios esconde Las Meninas?

Esconde muchos misterios… Es que es un cuadro construido con la clara intención de interpelar al espectador. Desde el mismo Velázquez, que está allí, y todos los personajes que están mirándote, toda esas miradas dirigidas a ti… ¡Y de esa manera! Fíjate, hoy he estado en el Prado porque he ido a chequear la proyección del viernes y he ido a ver Las Meninas, claro, es como la visita a la familia –dice entre risas- y ha llegado una clase de niños con una profesora. Y de repente les han preguntado: “¿Qué es eso que hay al fondo?” y los niños: “¡Un cuadro! ¡Una pintura!”. Pero cuando les han dicho que era un espejo, si ves la cara de los críos… Y eso ya les ha disparado mil preguntas… Es magia. Este cuadro tiene magia; parece que no hay nada y, sin embargo, hay un universo.

¿Por qué la intención de la película de desentrañar esos misterios, si es lo que le da la magia al cuadro?

Porque si no el cuadro no funciona. Es una máquina que tiene que estar continuamente en funcionamiento. Si no hay un espectador que se pregunte, el cuadro está muerto, es un fósil. Tiene que estar constantemente vivo y vivo significa que el espectador lo tiene que reconstruir constantemente. Es un juego hasta la eternidad. Ese juego tiene que estar continuamente en acción, porque, si no, ¿para qué? No sería una obra de arte. Y lo mismo para las novelas, la poesía, la música… Todo necesita de un receptor que lo viva siempre. Por eso me parece que las obras de arte antiguo, sobre todo, hay que sacarlas de los museos y del mundo de la academia y de los historiadores y tienen que ser los artistas y el público los que… A mí me parece fantástico que esté Las Meninas en la calle, es lo que hace que, de alguna manera, volvamos y estén vivos.

¿En qué se diferencia tu película del típico documental de La 2?

Pues, mira, como decía Scorsese, porque no sabes lo que va a pasar, porque hay una emoción humana que es la de no saber qué va a ocurrir. Y fíjate que estamos hablando de Las Meninas, que ya está todo contado. Pero yo he querido construir una película, cine, que cuando la veas no sepas a dónde te va a llevar. Estás en un viaje y eso implica riesgo. Cuando vemos esos documentales que son productos institucionales, que están creados para vender entradas de museos, no hay riesgo. Tienes a alguien que se da una vuelta por las galerías diciendo que todo es precioso y fantástico, pero no hay ningún tipo de creación. Un compañero tuyo periodista me decía que le había parecido ver escenas que son como de película de terror… Bueno, hay una clara idea de película de cine negro, pero, si él ha visto algo de terror, pues probablemente. Ahí es donde está el riesgo creativo que he tomado, el juego, decir: “Voy a hacer cine”. Eso implica molestarme durante cinco años en crear algo que otros igual hacen en un mes.

Bueno, pero eso luego en la película también se nota.

Eso quiero creer, que se ve que mi intención es la de llegar a un público que no es solo de frikis de Velázquez, sino que puede llegar a un público mucho más amplio… Pido o exijo, eso sí, del espectador una atención continua, constante, pero no significa que sea una película intelectual. En las películas de Agatha Christie, como no estés pendiente, no sabes quién es quién ni dónde está la pista para resolver el crimen, pero eso es lo bonito porque le estás pidiendo al espectador que se involucre con tu película. No le estás dando fast food, algo que consuma para que se entretenga sin más. Es entretenida, pero lo es porque me está haciendo pensar y, además, me está llevando a un viaje visual, porque el cine son imágenes. Todo mi trabajo de llevar a Velázquez y Las Meninas al mundo del cine negro y de las películas es también una reflexión sobre el mundo del cine; hay muchos guiños al cine, al espectador y a la imagen. El típico documental de La 2 es interesante, pero… Siempre digo que cuando alguien va a ver una película de ficción, no suele preguntar de qué va para saber si quiere verla o no; sin embargo, con un documental tiene que interesarte el tema o, si no, no vas. ¿Por qué? O es buen cine o es cine mediocre; si es bueno, el tema da igual. Entonces me parece Las Meninas puede resultar un cuadro interesante para mucha gente, pero también puede provocar hastío, ¿no? Este tío qué nos quiere contar ahora… Y ahí, creo, es donde está el riesgo, que no solo te voy a contar muchas cosas, sino que además te va a emocionar. Es una reflexión sobre el espectador y sobre la vida que vivimos.

Dices que le exiges al espectador una atención continua… En general, las críticas que ha tenido ‘El cuadro’ hasta ahora han sido muy buenas. Pero la de ‘Fotogramas’, que también es muy positiva, dice que lo peor del documental es que “necesita la implicación directa del espectador”…

Creo que como no han encontrado nada malo y tenían que poner algo… –dice riendo-. A mí no me parece nada malo. Si es malo exigir que el espectador esté atento, no sé qué idea tenemos del cine, ¿no? O adónde vamos… Una de mis películas favoritas es ‘Memento’, de Nolan [2000]. Y recuerdo estar en el cine con una tensión toda la película… No podías dejar de prestarle atención ni un momento porque, si se te va, no vas a entender dónde está la solución del enigma que plantea. Y a mí eso me encanta. Incluso en películas que tienen menos juegos o que son más reflexivas, como las de Tarkovsky, estás constantemente pensando: “Y ahora, ¿qué?”. Es una vivencia. Lo que ocurre con estas películas que son parques de atracciones es que tú te subes al tren y el tren va solo. Pero con las películas buenas estás pensando. Ahora, por ejemplo, se ha hablado mucho del ‘Joker’ y ‘Taxi Driver’. Claro, en ‘Taxi Driver’ tú estás con Travis y no sabes qué va a pasar con él. ¿Es bueno? ¿Es malo? Con el Joker sabes que al final se va a volver loco, pero con Travis tú no sabes nada, no sabes qué va a ocurrir, y eso hace que estés toda la película en una especie de zozobra que es la de vivir el cine. Y eso hace que cuando salgas de la sala sigas dándole vueltas.

 

Antes de comenzar a rodar ‘El cuadro’ hiciste un guion previo. Al filmar, ¿adaptaste lo que te ibas encontrando a lo ya escrito o modificaste el guion?

Las dos cosas. Siempre he hecho ficción y me considero cineasta. Hago cine, hago películas y quiero que esas películas sean buen cine. Necesitaba hacer un guion porque quería estar seguro de que lo que iba a contar funcionaría. Hay una estructura y va a tener unos elementos para que ese juego, los giros y el suspense funcionen con el espectador. Como ya tenía las teorías escritas de muchísima gente, me servían como base para construir mi guion, pero claro, ahora tenía que involucrar a todos los historiadores, que parecían serios y plomizos, que están acostumbrados a hablar en público y tienen su máscara… Y me preguntaban: ¿Cómo vas a conseguir sacarles esa historia?”. Bueno, ese es mi trabajo como director, ¿no? Ese es el reto. Yo sí se qué es lo que quiero contar, pero ahora tengo que ver si ellos me lo van a contar. Y luego vino la magia. Empiezan a contarte cosas, como ocurrió con Calvo Serraller, y a llevarme a temas que me interesaban, pero que pensaba que nunca me iban a contar, como lo de los fantasmas, y me abrieron nuevos caminos. Después vino la fase del montaje, que es una fase de reescritura, pero ya con una estructura planteada. Por ejemplo, sabía que iba a empezar con la habitación del espejo.

¿Abrías con la misma pregunta para todos?

Sí, sí… Mi primera pregunta siempre era: “¿Cuál fue tu primera vez?”. Es que era fácil, ya con eso entrábamos, íbamos al grano. Y es muy bonita, porque esa primera vez es la vez en que… ¿Cómo te enamoraste? En realidad, esa era la pregunta. Y ahí ya enseguida se soltaban. Cada uno tuvo su primera vez, pero, por edad, yo sabía que la mayoría lo habían visto en la sala con el espejo… Era un poco de trampa, pero, como lo sabía, decidí abrir con eso. Pero alguno no, por ejemplo, los extranjeros y, sin embargo… [Michael] Gallagher, que es el restaurador del Metropolitan, me contó su primera vez y casi se pone a llorar de la emoción. Fue una cosa tremenda. Es que este cuadro produce estas cosas, hace que te emociones de una manera muy visceral.

¿Cómo hiciste para  conseguir ese objetivo que tenías de “crear un mundo visual que el espectador no haya visto antes”?

Pues… Tenía que construir un gran puzzle con distintos elementos. Hoy en día, el documental es el género o el formato que te permite experimentar más. Más que la ficción, porque puedes hacer cualquier cosa y, además, la gente lo va a aceptar. En ficción tienes el problema de que todo es mentira, pero todo tiene que ser creíble; si no lo es, te saca de la película. En cambio, el documental te permite manipular la realidad y puedes hacer este tipo de juegos. De hecho, el único elemento real son las personas que están hablando. Volviendo a los documentales de los que hablábamos antes, lo que tienen son gente hablando, visitas a un museo y, luego, zooms de fotos de los cuadros. Y, claro, si voy a hacer algo que esté altura, al menos, de la historia de Velázquez y de Las Meninas, tengo que aportar algo como creador. Entonces, aparte de toda la construcción, el guion y mi invento, también estaba el crear imágenes. Ahí vienen todas las animaciones.

¿Las de las miniaturas?

Sí. Eso fue algo que también planteé desde el principio, que tenían que ser animaciones. Primero porque me gusta mucho la animación stop motion porque me lleva al cine mudo, a ese tipo de imagen con otro tempo. Y luego porque las miniaturas, los muñecos y las maquetas te llevan al mundo de la escultura casi barroca. Son muñecos que te recuerdan a las imágenes de Pasos de Semana Santa o a la escultura de imaginería, que es muy española. Creo que visualmente era muy coherente, más que hacer animaciones 3D por ordenador; eso no me interesaba nada porque lo que quería era que fuera algo artesanal. Y creo que el espectador eso también lo va a apreciar. Va a ver que habíamos hecho un esfuerzo de crear un mundo, de recrear esos espacios de la caja, pero mágicos. Decía Manuela Mena en un texto que me gusta mucho que los personajes del cuadro parecían figuras de cera o muñecos de una caja de música que en cualquier momento se iban a empezar a mover. Todo eso me parecía muy lógico que entrara en la película. Ahora, producir eso ha sido una bestialidad. Éramos muy poquitos haciéndolo y han sido tres meses de trabajo para algo que se suele tardar un año en hacer. Ha exigido mucho, incluso físicamente. Hay algo de milagroso en que haya salido, pero estoy muy satisfecho con esa parte porque… Bueno, toda la película ha sido quitarme espinas, pero yo estudié pintura porque quería ser pintor, luego estudié cine… Hay algo ahí de llevar al cine mi amor por la pintura. Es una película muy personal, ¿eh? Me estoy retratando mucho; es otro juego de espejos.

De tu experiencia como cineasta, ¿qué has utilizado para hacer ‘El cuadro’?

A ver… He aplicado todo lo que he aprendido durante toda mi vida para hacer esta película porque soy bastante versátil… No es que sea un genio en algo concreto, pero sé dibujar, sé pintar, sé construir, sé fotografía, he revelado películas de 16mm en laboratorio cuando había celuloide, estudié en San Francisco en la Escuela de Arte, que era cine experimental… Y he aplicado todo eso en esta película. Por ejemplo, teníamos una maqueta del Alcázar y habíamos encargado un fondo precioso de nubes, pero llegó destrozado porque lo habían metido en la furgoneta, así que lo pinté yo. Hice una aguada y pinté un fondo de nubes. También he hecho mucha animación, no con muñecos, pero sí he hecho stop motion con personas, por lo que tengo un ritmo, un tempo, sé cuántas fotos tengo que hacer para un determinado momento… Todo; he usado todo lo que sabía.

¿Y qué has aprendido que vayas a aplicar en el futuro?

No lo sé porque no puedo ser muy consciente de ello… Si eres consciente, deja de funcionar la máquina. Creo que hay algo de Velázquez que supongo que me ha cambiado. Mi interés siempre ha sido lo fantástico. En mis cortos siempre está presente el elemento fantástico, el cuento fantástico. Pero hay algo del naturalismo de Velázquez, del mundo real de Velázquez… También hay mucha imaginación y fantasía, ¿no? Pero hay una manera de mirar el mundo real que, de alguna forma, creo que me va a marcar, pero no lo sé, no puedo ser muy consciente, ya veremos… Para empezar, ya veremos si hago otra película –dice riéndose-, porque con cada una que hago tengo la sensación de que es la primera y la última. Es tan difícil… Hay compañeros tuyos que me han preguntado: “¿Cuáles son tus próximos proyectos?”. Y pienso: “Por favor, productores, estoy aquí”.

No has pensado en nada, ¿no?

Sí, claro que he pensado, tengo muchos proyectos de antes… Unos van saliendo, otros no… Tengo ideas, lo que pasa es que le he dedicado cinco años de mi vida a esto; no puedo vivir de esto. Esta es una película hecha por amor al arte literalmente. En todos los sentidos; no solo por lo que está contando, sino porque he sacrificado muchísimas cosas para hacerla.

¿Qué esperas que suceda con ‘El cuadro’?

Lo que me gustaría es que la película… Pues mira, como Velázquez, que quedara, que no sea una película que pase. Que con los años la gente mire atrás y se acuerde de ella. Y que tenga un cierto reconocimiento como película, como cine. Ese sería mi premio. Y a nivel material estaría bien lograr una nominación a los Goya porque salvaría la película. Ahora va a estar una semana y luego, probablemente, desaparezca. Si lográramos una nominación a los Goya la película sería rescatada por muchos cines y, probablemente, los medios seguirían hablando de ella y podría tener una oportunidad; si no, es muy probable que muera. Estoy convencido (y yo soy muy peleón y la pelearé) de que la película el año que viene va a estar en festivales internacionales, la moveremos, iré plaza a plaza con ella, pero es claro que ahora nos la estamos jugando. Pero es que no tenemos medios. Estamos compitiendo ya no solo con las americanas, sino con películas españolas que tienen una distribución normal. Nosotros tenemos a Super 8 y Nieves Maroto que está haciendo un esfuerzo para retorcerle el brazo a los cines para convencerles de que pongan este documental. Y te dan un día. Luego, encima, Televisión Española puso, antes del estreno, una versión reducida, una especie de preview, y eso ha hecho que muchos cines se echaran para atrás, por lo que es mucho más difícil todavía, aunque estamos intentando convencerles de que la que ponemos en los cines es la versión del director, la larga, la buena.

 

Por María Cappa