Cuando Katy Perry lo llamó para que versionara su último álbum de estudio, ‘Witness’, Nico Casal ya había ganado un Oscar por su composición musical para el corto ‘Stutterer’. Bueno, él no, ya que, según explica, no tiene su nombre: “Es un Oscar a un equipo al que yo pertenezco. Siempre me gusta decir que hice la música de un corto que lo ganó, pero no es mío”. A pesar de ello, esta experiencia le cambió la vida: “A partir de este premio, pude presentar un trabajo que todo el mundo conociera. Me sirvió para que, al menos, me contestaran a los mails y quisieran conocerme”. Sus dos últimos trabajos para el cine son ‘La enfermedad del domingo’, de Ramón Salazar, y ‘Proyecto tiempo’, una película en cuatro partes dirigida por Isabel Coixet para Cinergía estrenada íntegramente en el presente Festival de Málaga. A finales de año saldrá su primer álbum como compositor -‘Alone’-, cuyo lanzamiento estará precedido por una breve gira de pequeños conciertos en directo para que el público pueda familiarizarse con esta nueva faceta suya.

La función de la música en una película, desde el cine mudo hasta hoy, ¿ha cambiado?

No… Sigue teniendo la función de darte cierto tipo de información de una manera muy sutil. Antes, al no haber diálogo ni efectos sonoros, la música estaba en un primer plano y ahora, a lo mejor, está un poco más en segundo plano. Es difícil responder porque en cada proyecto cumple una función distinta, pero lo importante es que la música, en general, tiene que ser útil, acompañarte, darte información y construir la narración emocional. Por un lado está el guion y, por otro, la música, que es muy importante porque muchas veces te afecta sin que te des cuenta.

Tus composiciones han tenido papeles muy diversos en función del proyecto en el que hayas trabajado. Por ejemplo, en ‘Stutterer’ ayudaba a contar lo que el personaje no podía decir.

Claro, porque es un chico tartamudo, entonces la música la planteamos desde esa perspectiva. Tuve la suerte de entrar en el guion e hice casi toda la música sobre el papel y trabajando mucho con el director. Hablamos mucho sobre dónde quería situarla él, que es lo más importante. Nos hicimos muy amigos y la comunicación se hizo muy fácil, pero el proceso fue complicado y llevó muchos meses porque no teníamos dinero y había que compaginarlo con otros trabajos. Aunque fue muy bonito. No teníamos la presión de un productor, en cuanto a fechas, y lo pudimos disfrutar un montón.

En ‘La enfermedad del domingo’ la música es muy sutil; actúa casi de colchón y evitas predisponer emocionalmente al espectador. ¿Cómo lo lograste?

Influye dónde la pongas y en esta película creo que lo más difícil fue definir precisamente eso. Aquí también empecé sobre guion y compuse muchísima música, como cuarenta minutos, pero cuando se montó nos dimos cuenta de que se necesitaba muy poca. Justo para evitar decir: “Ahora, llora” o “cuidado que va a haber tensión”… Ramón Salazar tuvo mucho valor para evitar poner música según dónde; se incluye en momentos muy puntuales, que yo creo que cohesiona todo un poco, pero que te deja cierta libertad para sentir tú. De hecho, cuando creímos que podía predisponer, le bajamos el volumen para que notases algo ahí [se señala el estómago], pero no mucho.

En ‘Proyecto tiempo’, en cambio, tu trabajo adquiere mayor protagonismo.

Sí, es otro proyecto muy distinto donde hay muchísima música casi todo el tiempo, pero porque es otro tipo de cine. Fue un placer trabajar con Isabel Coixet, pero me resultó difícil encontrar un motivo que funcionase en los cuatro cortos y darle coherencia. Cada uno es un flashback con los mismos personajes veinte años antes o después; si la música es muy distinta, rompe, pero, si es la misma, tampoco queda bien porque ni los personajes están en el mismo momento ni el tono de los cortos es el mismo: uno roza más la tensión, otro es más dramático… A cada momento había que darle su tono, pero manteniendo los mismos motivos. Es una historia futurista que habla sobre microchips y la música tenía que tener un punto electrónico, que no fuese un violín todo el tiempo, sino algo de tensión menos orgánica, más robótica.

En varias ocasiones has dicho que te gusta más trabajar desde el inicio, sobre el guion, que cuando te dan el montaje ya hecho.

¡Sí! En ese sentido es mucho más complicado y da muchísimo más trabajo, pero aún así, lo prefiero. Hay veces que me han dado la película acabada y está muy bien también, pero es como que empiezo muy tarde. Desde guion, el resultado suele estar mucho más cuidado. Mi trabajo consiste muchas veces en probar, ponerle a una escena un tipo de música, darle unos días, retomarlo y darme cuenta de qué estaba bien y qué es demasiado… A veces, cuando me dan la peli acabada, hay poco tiempo para probar qué funciona y qué no. Por eso, aunque sea más difícil, me gusta más trabajar desde guion.

Estamos hablando todo el rato de lenguaje audiovisual, pero también has compuesto música para teatro. ¿Qué cambia aquí a la hora de componer?

El proceso es un poco el mismo: hablar mucho con el director y saber qué quiere. Se diferencian en que en el cine puedes mezclar los diálogos, el sonido, la música… En teatro no puedes hacer esa mezcla y hay que tener más cuidado para que la música no suene muy alto, no entre tarde… A nivel de estructura es distinto por eso y porque en el cine tienes una escena de 55 segundos y compones para ese tiempo, pero en teatro, un actor un día puede tardar un minuto y otro, tres, por lo que tiene que haber cierta flexibilidad musical que acompañe al intérprete. Justamente ahora coincide que están reponiendo las dos únicas obras para las que he trabajado: ‘Martingala’, en la Sala Intemperie de Madrid, y ‘La golondrina’, en la Spanish Theatre Company de Londres.

Llevas ya un tiempo trabajando en tu propio álbum. ¿Te ha costado componer en función de ti mismo en lugar de para otro?

Sí, sí… Muchísimo. Pero muchísimo. Y, a veces, echaba de menos a un director –comienza a reírse- que me diera indicaciones. La composición del disco en sí no me llevó mucho, pero llegar hasta ese punto me llevó muchísimos meses de darle vueltas a qué, cómo, por qué… Incluso llegué a tirar la toalla. Sí, me costó mucho y encima siendo la primera vez que compongo algo mío o que me enfrento a mí, a mi historia.

¿Y cuál es tu historia?

El disco trata sobre un momento bastante difícil que estaba atravesando cuando lo compuse e intenté expresar mediante la música cómo me sentía. Fue como una especie de terapia y hasta creo que me ha ayudado a superar esa etapa mala. Y la verdad es que estoy muy contento. Es un disco instrumental que tiene varios colores: el piano como instrumento principal, la parte más clásica o más orgánica, de chelos y la parte más oscura o de más ruido, que se lo dan los sintetizadores. Tiene siete temas, todos unidos entre sí a nivel de material. En el primero, con determinadas melodías y ritmos, se hace una especie de presentación: “Voy a contaros esto”. Y luego, esas melodías y ritmos aparecerán en el resto de los temas, de manera distinta o sugerida, hasta el final.

Por María Cappa