Rodrigo de la Serna forma parte de una generación brillante de actores argentinos, entre los que están Pablo Rago, Gastón Pauls, Pablo Echarri o Leonardo Sbaraglia. Comenzó a trabajar en la televisión a mediados de los años 90 y ha formado parte de series como ‘Okupas’, ‘Hermanos y detectives’ (cuyos derechos se compraron en España; su papel lo interpretó Diego Martín), ‘Sol negro’ y, recientemente, ‘El lobista’. Aunque ha trabajado menos en teatro, cuando la ha hecho, ha sido con grandes obras y acompañado por enormes actores: Óscar Martínez en ‘Amadeus’, Joaquín Furriel en ‘Lluvia constante’ y la leyenda viva de la escena argentina Pompeyo Audivert en ‘El farmer’. En el cine, se hizo conocido internacionalmente tras el estreno de la película ‘Diarios de motocicleta’ [Walter Salles, 2014]; su papel de Alberto Granado (el compañero de viaje del Che Guevara) no solo le dio una nominación en los premios BAFTA como mejor actor de reparto, sino el galardón a la mejor primera actuación en los Independent Spirit. Este no ha sido el único personaje histórico que ha interpretado; también ha sido el general San Martín en dos ocasiones, las mismas que se ha puesto en la piel de Jorge Bergoglio, el actual papa Francisco, tanto para el cine como para una miniserie de televisión. En España, formó parte del elenco de ‘Cien años de perdón’, de Daniel Calparsoro, junto a Luis Tosar. Desde el pasado viernes, podemos ver de nuevo a ambos actores a las órdenes de otro Daniel, Monzón, en la comedia ‘Yucatán’.

¿Cómo es tu personaje en ‘Yucatán’?

Roberto Clayderman es un estafador de guante blanco. Es el pianista del crucero y es un poco el jefe de la banda de estafadores… Es un canalla, un granuja, es una comadreja con una ambición desmedida y la comedia te permite meterte sin miramientos en ese tipo de ambición. Tiene su costado humano, también, que es este amor, esta sensibilidad que le despierta su amor hacia Verónica, que interpreta Stephanie Cayo, y que es, en definitiva, lo que le va a dar la posibilidad de redención. Si hay algo te tira esta comedia, más allá de que te descostillas de la risa durante toda la película, es que critica esta coyuntura tan puntual que atravesamos como humanidad. Está enmarcada en el crac financiero del 2008… Hay una encrucijada que este personaje atraviesa en un momento en el que tiene que decidir lo correcto. “¿Nos bajamos del barco?”, le propone Verónica. “Nooo, ahora no. ¿Ahora que tengo a este tipo para estafar 170 millones de euros? ¿Ahora me pedís esto? No”. Ahí pierde esa posible redención.

¿En qué te centraste para crear este personaje?

El guion [escrito por el propio Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría] es una pieza de relojería. Me parece que está muy claro el juego. Me entregué a esa maravilla de guion y a la dirección de Daniel Monzón. No mucho más. Estaba todo muy claro.

¿Cómo trabajaste la relación de tu personaje con el personaje que interpreta Luis Tosar?

Bueno, es una rivalidad. Son dos hombres que se compiten hasta las últimas consecuencias, pero también hay una admiración profunda por su capacidad de estafa. Clayderman cree que es superior, que es un profesional extraordinario al que admira profundamente y él sabe que lo supera, por ejemplo. En esta jugada, el nivel de estafa y de desapego a la moral fue superior el del personaje de Tosar que el de Clayderman y él admira esa capacidad de desapego. Hay una relación profunda y una competencia feroz la que se tienen. En realidad es una relación de amor que se tienen entre ellos dos.

¿En qué se diferencia con la relación que tenían los dos personaje que interpretasteis en ‘Cien años de perdón’?

Bueno, ahí también había un vínculo… Hay muy buena química de trabajo con Luis. Es una persona que yo ya quiero mucho, es una especie de compañero-hermano, ¿no? Un gran amigo. Eh… Sí, en ese entonces también competían un poco, pero estaban un poco más hermanados, tal vez. En este caso la competencia es más feroz y más declarada. Es un… “Ok, vamos a pelearnos por el amor de esta mujer y por los 170 millones de euros”. Es más encarnizado el vínculo.

El hecho de que la película tenga a la vez elementos de comedia, de suspense, de amor… ¿Condiciona de alguna forma la manera de trabajar?

No, no, favorece, enriquece poder tocar todas esas vertientes tan diversas, esas variables. Está buenísimo para un actor poder, en una sola experiencia profesional, tocar todas esas frecuencias distintas. Y luego depende mucho también de lo que proponga el director. En este caso, la película atraviesa todos esos géneros con mucha naturalidad. El personaje puede ser hilarante y en las dos escenas siguientes estar sufriendo muchísimo. Me parece que ahí está el talento narrativo de Daniel, que hace que eso esté bien amalgamado, que tenga una coherencia dramática muy potente.

Has trabajado con actores de diversas nacionalidades: argentinos, mexicanos, españoles, estadounidenses… ¿Has notado alguna diferencia en función del país en el que se ha formado cada actor?

Hay cuestiones idiosincráticas puntuales de cada uno de nuestros pueblos. En el caso de Latinoamérica, es una patria muy grande, una patria enorme, pero estás en tu patria, también; es muy fuerte ese sentimiento, muy loco y muy contradictorio, a la vez, por los devenires y avatares históricos que cada uno de nuestros pueblos sufrió, las conquistas y demás cuestiones. Sin embargo, yo me siento muy a gusto, muy agradecido, también, de haber trabajado en España, muy honrado. Y me siento como en casa. Yo, por ahí, voy a lo de Luis y me siento como si estuviese en Córdoba [Argentina] con mis amigos, que son cordobeses. Puede que él, como es gallego, tenga esa cuestión idiosincrática del tema familiar… No sé, me siento muy a gusto. Pero no podría definir el tipo de actuación… Por ahí el argentino tiene algo más de italiano a la hora de actuar, es más expresivo… No sé. Igual sería absurdo rotular… No hay un estilo de actuación argentino, otro mexicano, otro español… Me parece que esas fronteras habría que empezar a romperlas.

¿Y generacionalmente? Porque también has trabajado con actores como Rodrigo Noya, que tendría diez o doce años cuando hicisteis ‘Hermanos y detectives’, hasta Pompeyo Audivert. ¿Se nota alguna diferencia en función de la edad?

Lo que se nota es la experiencia. La experiencia humana, que es la materia prima con la que trabajamos los actores, ¿no? Las experiencias de vida y el análisis de esas experiencias son las que, en definitiva, te dan el material para trabajar. La experiencia profesional, en el caso de Pompeyo, él es un monumento a la actuación. Tiene un recorrido de décadas de búsqueda y de perfeccionamiento en estilo. En el caso de Rodrigo Noya, esa frescura, esa espontaneidad que ya una persona de edad no tiene… Cada uno tiene su anclaje artístico y, si es real, uno puede nutrirse de eso. Generacionalmente no sé si hay alguna diferencia. Por ahí sí, en los estímulos. Seguramente Rodrigo no leyó todo Shakespeare, como lo hizo Pompeyo, de atrás para adelante. Y eso es algo que me da un poco de pena.

¿Recuerdas algo que hayas aprendido de alguno de tus compañeros, directa o indirectamente, en un rodaje o algún consejo que se te haya quedado para siempre?

Uno aprende más de esos maestros cuando… Los verdaderos maestros son los que están callados y uno empatiza con enseñanzas puntuales que a veces no tienen que ver con si esto se hace así o asá. Por ahí, vos admirás mucho a un actor o a una actriz y mirás cómo está resolviendo la situación, con qué herramientas o desde qué lugar lo hace y uno aprende observando mucho, escuchando como actor. Más allá de que puedas tomar las clases que quieras y también aprendes académicamente y formalmente muchas cosas. Me parece que en la escucha y en la observación uno aprende muchísimo.

¿Tienes algún otro proyecto, aquí o en Latinoamérica, que puedas contarnos?

Es probable que esté en una serie que se va a filmar aquí en España en los próximos meses para Netflix. No te puedo decir todavía cuál es, pero tuvo mucho éxito hasta hace poquito. Pero, por ahora, no puedo contar más.

Por María Cappa