Luz Valdenebro es una actriz creativa, versátil y comprometida con su oficio; una enamorada de la interpretación con una debilidad: el teatro. En este medio, hemos podido verla con Animalario en ‘Urtain’ junto a Roberto Álamo, compartiendo escenario con Héctor Alterio y Lola Herrera en ‘En el estanque dorado’, a las órdenes de Andrés Lima en ‘El jurado’ o en ‘La distancia’ producida por su compañía, Bacantes Teatro. Aunque ha trabajado en cine –‘Bajo las estrellas’ [Félix Viscarret, 2007], ‘Un cuento de Navidad’ [Silvia Quer, 2014]-, donde más la hemos visto ha sido en la televisión gracias a su participación en ficciones tan populares como ‘Gran Hotel’ o ‘Seis Hermanas’. Acaba de interpretar a Lola en una de las series del momento, ‘Estoy vivo’, de TVE, y, el pasado fin de semana entró a formar parte de la Historia. Bajo la dirección Yayo Cáceres, en lo que su director de Ron Lalá definió como “Un Don Juan con música”, dio vida a Doña Inés en la 34ª edición de esta obra en Alcalá (evento que acaba de ser declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional) acompañada, entre otros, por Fran Perea (Don Juan), Daniel Rovalher, Daniel Freire, Sol López o Flor Saraví.

¿Cómo es tu personaje en ‘Estoy vivo’?

Es un personajazo de los que siempre estás esperando que te llegue. Es una mujer poderosa, dueña de su vida, de su trabajo, tiene poder de decisión… Es fuerte, con sus luces y sus sombras, con sus periquitos en el corazón. Es la jefa de un cuerpo especial de la Policía, un puesto que solía ser para un hombre y en el que está rodeada de hombres, por lo que tiene que tener un poder muy potente y hacerse respetar de verdad.

Todas estas características, ¿cómo las plasmas físicamente?

Pues has dado en la clave: el físico. Tiene que tener una presencia muy de tierra. No te voy a decir que tiene un palo metido por el culo –dice sonriendo-, pero sí te imaginas a alguien muy asentado, muy equilibrado físicamente. Y luego, hablamos de un cuerpo especial de la Policía, que tienen mucha tensión, y yo se la he puesto en la zona de la mandíbula. También habla poco; dice las palabras justas porque tiene que estar siempre guardando secretos y, por tanto, elige muy bien lo que tiene que decir, pero observa mucho, está atenta a todo lo que pasa a su alrededor y siempre parece que está a punto de saltar, siempre está lista para reaccionar.

¿En qué se diferencia de Aurora, tu personaje en ‘Seis hermanas’?

Pues que Aurora era… Uy, me da pena hablar de Aurora en pasado, pero es que es así. Era mucho más relajada. Tenía también una energía desbordante, pero si Lola la retiene, la tiene concentrada en un punto, Aurora la derrocha. Mueve mucho las manos, ves lo que le pasa en la cara, no se guarda nada. Las dos son muy valientes; Lola por su profesión y Aurora porque vomita todo lo que le pasa en una época en la que era muy peligroso hacerlo. Y luego físicamente era más blanda, más relajada.

Además de este papel en ‘Estoy vivo’, acabas de interpretar a Doña Inés en el Tenorio que se hace en Alcalá…

Lo primero que me vino a la cabeza es que en el texto, literalmente, se dice que tiene “diecisiete primaveras”. Yo tengo 43 años, así que cuando Yayo Cáceres me preguntó si quería hacer de Doña Inés le dije: “Querer, quiero, pero ¿crees que yo puedo interpretarla?”. Y él me dijo que si no hiciéramos este tipo de cosas, el teatro estaría muerto, que lo importante es que al personaje se le dé lo que necesita. Y, por supuesto, acepté. Me hacía muchísima ilusión participar en este proyecto. Primero, por lo que supone el Don Juan en sí mismo, hacerlo en Alcalá, que con este van ya 34 años seguidos, el tipo de espectadores que van a verlo, que se saben el texto y lo van recitando contigo… La experiencia me atraía mucho. Y luego, hacerlo con Ron Lalá, que son maravillosos y hacen cosas muy especiales con los textos que cogen.

¿Y cómo has afrontado esa diferencia de edad?

Pues lo primero que pensé es que cuando te enamoras, tengas la edad que tengas, siempre se dice: “Me he enamorado como si tuviera quince años”. Y es lo que hice, enamorarme. Y luego Doña Inés es un personaje al que se le tiene un poco denostado: que si es la tonta, la que se deja engañar… Pero ¿por qué? Si estudiamos la época en la que vivía, lo más normal era que te mandaran a un convento de por vida o hasta que te casaras. Eso o eras puta, vamos. Entonces es normal que no supiera nada de la vida. Pero el cuerpo es muy sabio; igual que creces, se te desarrollan unos instintos que, en el caso de Doña Inés, no sabe lo que son y no sabe qué hacer con ellos. De pronto, aparece un señor guapísimo que le dice unas cosas maravillosas y que, además, se enamora de su virtud y ella descubre que cuando está con él le pasan cosas. Bueno, pues vamos a llevarlo desde ahí, desde el “me enamoro como si tuviera quince años” y desde el “qué me pasa que se me acelera el corazón, me da calor, se me ponen los pelos de punta…”.

A diferencia de Inglaterra, en España no estamos tan acostumbrados a trabajar con el verso. ¿Cómo has logrado que no sea un obstáculo?

Esta versión la ha hecho Álvaro Tato, de Ron Lalá, que es… El mejor poeta de España  y del universo. Y la ha hecho respetando el texto de Zorrilla, pero intentando hacerlo un poco más entendible.

¿Habéis quitado lo de las diecisiete primaveras?

¡No! Lo hemos dejado. El reto para mí, como actriz, era que se viera o fuera creíble que tengo diecisiete años. Y luego es verdad lo que tú dices, que aquí no se le da bola al verso; se le dio durante muchísimo tiempo, pero… Nosotros hemos tenido unos profesores de verso espectaculares. Si la obra la dirige alguien que sabe, hace la versión alguien que sabe y hay profesionales que enseñan a los que lo tienen que hacer, sale algo maravilloso. La clave es saber qué estás diciendo y, cuando lo entiendes, darle sentido de verdad a cada párrafo respetando el tiempo, las pausas, la musicalidad… Hay que elegir en qué palabra de cada frase hay que poner el peso. Yo, de hecho, esta vez he entendido muchas cosas que se me habían escapado otras veces. Ha sido muy interesante descubrir esos tesoritos que hay encerrados en ese texto.

Una vez te preguntaron si preferías hacer teatro, tele o cine y respondiste: “A mí que no me quiten el teatro?”. ¿Qué tiene que hace que sea imprescindible para ti?

Que está vivo y que lo que vives ahí no se vuelve a repetir.  Para mí, es el único arte en el que los espectadores, los actores, los técnicos… Todo el que esté en ese momento ahí está compartiendo el mismo sentimiento. Cada uno a su manera, pero es un momento irrepetible que sucede solo para esas personas. Cada función se descubre en ese momento, en ese lugar y con esa gente. Y eso es impagable. Por eso el teatro no muere. Puede estar tocado, pero se viene haciendo desde los griegos y no va a morir. Hace muchísimo tiempo que están intentando matarlo porque hace sentir cosas y hace que pienses, que te diviertas, que desconectes… Hay quienes quieren usarlo solo como pan y circo porque les viene bien que la gente se evada, pero quieren eliminar el otro brazo, el de dar hostias como panes que hace que la gente se dé cuenta de unas cosas y cuestione otras. El teatro es tan poderoso que no lo van a matar nunca.

Hace veinte años que estás trabajando y has formado parte de proyectos tan populares como prestigiosos. ¿Sigues haciendo castings?

¡Sí! Bueno, mira, para el Don Juan, por ejemplo, Yayo me quería a mí. Cuando Andrés Lima me llama, lo hace porque me quiere a mí… Sí, en teatro sí que tengo un poco más de suerte o lo que sea; como que ya nos conocemos y quieren trabajar contigo, pero en televisión sigo haciendo castings. Me puede llamar para hacer alguno un poco más cerrado; que en vez de ver a un porrón de gente, nos vayan a ver a seis actrices. Pero todavía no he tenido la suerte… Bueno, voy a pensarlo bien a ver si alguno me va a decir que no es así, pero creo que no me ha pasado todavía que alguien haya escrito o vaya a producir un proyecto en el que un personaje esté pensado para mí desde el inicio.

Y eso, ¿te genera inseguridad?

¡Hombre! Muchísima. Acabo de estar con la serie y, ahora, con Doña Inés, que es mi primer prota en teatro, pero acabo de estar un año sin trabajar. Y venía de hacer ‘Seis hermanas’ y dos funciones de teatro a la vez, ‘El jurado’ y ‘La distancia’ con mi compañía, con Bacantes. Y, de pronto, de ahí paso a estar un año entero sin trabajar después de diez o doce sin parar. Y te dices: “¿Qué ha pasado? ¿De pronto no sirvo para nada, ni para decir cinco frases ni para esta función ni para este casting?”. Es que ni castings. Nada. Y me repetía algo que es muy nocivo: “Ya se han dado cuenta de la farsante que eres”. Claro, le quieres encontrar alguna explicación y te agarras a cualquier cosa: la edad, el físico, que le caes mal a alguien, que alguien a dicho de ti algo… Se te pasan toda clase de tonterías en la cabeza. Y hablo yo del año tan malo que he pasado dándole vueltas al coco, pero imagínate la gente que se pega años y años enganchando un episodio en no sé dónde, aquí una figuración y trabajando en cosas que no quiere. Es algo de lo que ninguno estamos exentos.

En los últimos tiempos ha habido una explosión del feminismo en la industria audiovisual o de atención por parte de los medios a las reivindicaciones de igualdad por parte de las mujeres de esta industria. En la práctica, ¿has notado algún avance tangible, más allá de que, al menos, ahora se hable de ello?

Pues mira, yo, particularmente, sí. Cuando montamos Bacantes, teníamos muy claro que queríamos ser una compañía de mujeres. No en el sentido de no querer trabajar con hombres, sino que tenía que estar presente lo femenino y que nosotras teníamos que tener poder de decisión, especialmente a la hora de contar historias desde nuestro punto de vista, fuera válido para otros o no. Además, entré en ‘El jurado’, que estaba basada en ‘Doce hombres sin piedad’. El título lo dice todo. Y en esta función el jurado estaba formado por hombres y mujeres, pero el peso y los personajes más potentes los tenían las mujeres. Venía de ‘Seis hermanas’, donde mi personaje, en concreto, era lesbiana y sufragista en esa época. Y, normalmente, un personaje de época para una mujer es alguien que llora mucho, que bebe té, que tiene las manitas cruzadas y cuyo marido le dice lo que tiene que hacer. Y ahora, en ‘Estoy vivo’ con Lola, y con este Don Juan donde he tenido la oportunidad de darle la vuelta a Doña Inés y llevarla a un sitio distinto, el de una mujer a la que tienen encerrada, descubre que le pasa algo y se lanza al vacío. Que se puede equivocar, pero se lanza. Vamos, yo estoy encantada. Y lo que pedimos es que se sigan haciendo personajes así o reinterpretando personajes clásicos.

Por María Cappa