En televisión, en el último año, lo hemos visto en ‘Amar es para siempre’, ‘La Zona’ [de los hermanos Sánchez-Cabezudo para Movistar+] y la controvertida ‘Fariña’. En el cine, ha formado parte de proyectos como ‘El caballero Don Quijote’ [Manuel Gutiérrez Aragón, 2003], ‘La voz dormida’ [Benito Zambrano, 2011] o ‘La corona partida’ [Jordi Frades, 2015]. Su lista de obras teatro es interminable: desde Shakespeare a Beckett, pasando por Chéjov, Calderón, Lorca… Hasta obras contemporáneas como ‘Un tercer lugar’ [Denise Despeyroux, 2017], ‘Ensayo’ [Pascal Ranbert, 2017] o ‘Consentimiento’ [Magüi Mira, 2018]. A pesar de ello, no es con la cantidad con lo que podríamos identificar a este actor, sino con la calidad. Han sido su compromiso con cada uno de sus personajes, su capacidad para convertirlos en seres vivos, reales, y su llamativa versatilidad lo que hace que Jesús Noguero sea uno de los mejores actores españoles de su generación. Hasta el 25 de noviembre, quien quiera dejarse seducir por primera vez por su magnetismo en escena o volver a disfrutar de su talento o podrá hacerlo en el Teatro María Guerrero de Madrid gracias a ‘Luces de Bohemia’, un espectáculo dirigido –y mimado- por Alfredo Sanzol.

‘Luces de Bohemia’ se publicó hace casi un siglo. ¿Por qué se monta hoy, qué tiene que decirle al público actual?

No es que sea un gran estudioso de Valle, pero lo que sí que aprecio y que noto a la hora de afrontar cualquier personaje suyo es que plantea contradicciones. Y creo que esas contradicciones hoy siguen siendo las mismas; es decir, que esa condición de ser contradictorios es lo que nos hace humanos. Creo que él repara de manera muy concreta en esto; incluso en los personajes pequeños que con cuatro frases tienen un relieve y una profundidad que revelan esa humanidad. Al final es difícil hablar de otra cosa; estos tipos que tienen esa visión de la realidad sacan una y otra vez a la luz esa condición y la ponen muy de manifiesto. Casi te tienes que reconocer obligatoriamente.

Desde que se publicó hasta hoy se ha montado muchas veces, pero en su momento se decía que era irrepresentable…

El teatro de la época, desde luego, debía de tener unos parámetros muy diferentes a los que planteaba él. Y, además, ‘Luces de Bohemia’ se escribió por entregas para un periódico, de modo que estaba casi concebido para ser leído. Eso, sumado a las maravillosas acotaciones que, además de la carga literaria, son muy descriptivas del conflicto, no solo del ambiente. Creo que planteaba cosas que, con la cultura cinematográfica que tenemos ahora, las vemos mucho más realizables, pero puede que ese lenguaje para la época fuera un poco futurista. Hoy en día, con los recursos con los que contamos, no solo es muy representable, sino que es gran teatro.

En este país, al nombrar la palabra “clásico”, automáticamente salen voces a decir que los adolescentes no lo van a entender, que la gente de 30 o 40 años se va a aburrir… Para ti, ¿por qué esta obra sí es apta para cualquier tipo de público?

Los dos ensayos previos que hemos hecho han sido para gente muy joven, de algunas escuelas, y la respuesta ha sido de pasmo y admiración por su parte; es decir, que hemos constatado que funciona. Pero, aparte, a mí Valle-Inclán me parece tan divertido… Y en esta obra, aun con todos los claroscuros, me parece que está todo atravesado por el humor. Incluso cuando muestra una escena muy terrible, donde los personajes están sometidos a esa miseria física y de hambre, pero también moral, todo está tratado con humor. Esto hace que los personajes, a pesar de ser unos auténticos canallas, generen simpatía y ternura en el que mira. No sé, es tan divertido que no le veo ninguna pega.

¿Quién es tu personaje?

Pues en este caso hago cinco. Interpreto al borracho, que luego resulta que tiene nombre, Zacarías, pero Valle-Inclán lo nombra como el borracho y que es el que dice eso de: “¡Cráneo previlegiado!”. Solamente por eso ya le dije a Alfredo [Sanzol] que venía encantado. Luego hago también al Capitán Piquito al que, aunque es muy corto, le hemos encontrado un juego muy interesante. Después, Don Filiberto, que es el redactor de ‘El Popular’. Este personaje, sobre el papel y por la propia acotación de Valle, indicaba una cosa, pero en el ensayo, con la confianza que Alfredo ha generado para trabajar, empezó a aparecer un tipo muy divertido, muy luminoso, vanidoso y surge incluso como una historia de amor con uno de los modernistas que van al periódico a verle. Es una escena que ha crecido mucho. Y luego otro personaje muy chiquitito que grita por ahí una cosa y, finalmente, al Marqués de Bradomín, que es la guinda. No deja de ser un alter ego de Valle-Inclán y tiene como cien años casi, pero también termina siendo, aparte de divertido, muy entrañable. Está descrito como un donjuán feo y católico. En este caso lo de feo no lo hemos logrado –dice entre risas- pero es un personaje con una retranca considerable. Es un viejo muy gracioso.

¿Cómo has logrado que cada personaje tenga su propia identidad?

Sobre el papel ya está muy diferenciados, pero luego a mí me gusta caracterizar, me encanta que no me reconozcan. Casi de manera automática, afronto los personajes desde lo físico. Cada uno tiene un cuerpo, una forma de moverse y una energía diferentes. Para mí, eso ya es un espacio de juego, un permiso para empezar a construir. No me obsesiono con la identificación; empiezo a jugar con la forma y eso me lleva al fondo y el fondo me devuelve a la forma… Y, en este caso, ha sido muy fácil, muy divertido. Alfredo -y creo que es un gran mérito por su parte- también lo ha potenciado no pidiendo nada concreto, sino respetando el momento artístico de cada uno de nosotros. Y no solo lo respeta, sino que lo usa como un material en su puesta en escena. Ha sido un proceso muy fácil gracias a esta libertad que nos ha dado. No te voy a decir que se ha hecho solo porque siempre hay una intención, pero sí que ha sido muy fluido.

En el otro extremo están los personajes reales como el fiscal Javier Zaragoza, al que interpretas en ‘Fariña’. ¿Este tipo de papeles limitan la creatividad del actor?

En el caso concreto de ‘Fariña’… Fue algo que comenté con Carlos [Sedes]. Cuando me documenté vi que Zaragoza tenía un acento, una manera de hablar, un tipo de energía… Pero Carlos me dijo que no íbamos a entrar en eso, que con el peinado y la ropa ya contábamos quién era, así que ahí no hubo esa exigencia. Pero, por ejemplo, en ’23-F: la película’ interpretaba al periodista que narró el golpe de Estado en directo [Rafael Luis Díaz]. Claro, esto era algo muy señalado porque esa narración se ha escuchado muchas veces. Y ahí sí que tratamos de calcarlo. Pero fue muy interesante, porque ese esfuerzo por copiar al personaje te lleva a sitios de construcción a los que no irías de otra manera; es más, el mero hecho de imitar a alguien ya supone un ejercicio de creatividad.

Llevas 30 años trabajando en teatro, cada vez con personajes y en montajes más relevantes. Si solo hicieras teatro, podrías vivir de ello, cosa bastante complicada de lograr en este país. ¿Es cuestión de suerte, de trabajo, de tener contactos…?

En realidad, el teatro es de lo que vivo, básicamente. No me puedo permitir no coger algo para esperar un papel en la televisión o en el cine y, a la vez, muchas cosas de cine y televisión no las puedo coger porque estoy haciendo teatro. De hecho, ahora justo he tenido que rechazar un papel para una cosa de TVE porque íbamos a estrenar ‘Luces de Bohemia’. En estos años me ha dado cuenta de que el teatro me llama y de que me es fiel, lo que no quita para que los otros medios me encanten y que me encantaría poder compaginarlo más… Para mí, ha sido por una cuestión de constancia y de trabajo. Todos los elementos que has dicho son importantes, pero siempre he tenido mucha fe en el trabajo; creo que es lo que se abre paso y es un buen sitio para poner el esfuerzo, más que en la promoción o en la política. Hay gente que ha hecho su carrera porque ha sabido manejar esos elementos muy bien, pero yo ahí no soy muy hábil; me dedico más a emborracharme –dice riéndose- que a hacer contactos, la verdad… Mi experiencia y mi consejo es que hay que aplicarse al trabajo.

Este prestigio que te has ganado en el teatro, ¿te ha servido para conseguir papeles en la televisión o en el cine o siguen siendo departamentos estancos?

No. Y, desde que empezaron las privadas, cada vez menos. De hecho, yo empecé a hacer, sobre todo, televisión por una obra de teatro que pusimos en Ensayo 100 [la ya desaparecida escuela dirigida por Jorge Eines], ‘Trabajos de amor perdidos’. Esa fue, digamos, mi puesta de largo para el mercado. Vino a verla Aitana Sánchez Gijón, que era amiga de una de las actrices. Ella iba a hacer ‘Celos’ [Vicente Aranda, 1999] y dijo: “Yo quiero que sea este actor el que haga esta película”. Que luego ni la hice ni nada porque estaba fuera de perfil totalmente. Pero, de pronto, ese trabajo generó un impacto, cosa que me sorprendió; no fui muy consciente de que estuviera haciendo algo tan impactante. Eso fue lo que me dio el pasaje a la televisión, después de diez años de trabajar en el teatro. Luego, eso sí, hay prejuicios, como en todos sitios, incluso entre los directores de casting y me imagino que entre los directores. Entre esto y la forma de trabajar en televisión, sobre todo, que no hay tiempo para nada, pues te llaman para hacer lo que ya has hecho, para repetir lo que ya saben que vas a hacer bien y eso, a veces, más que generar un compartimiento estanco lo que genera son estancamientos.

¿Qué papel que no hayas hecho te gustaría hacer o qué papel que ya hayas interpretado te gustaría volver a hacer porque ahora lo harías mejor?

Uf… Me quedan tantos por hacer… El propio Max Estrella o Latino… De ‘Luces de Bohemia’ me haría unos cuantos. Luego, de Shakespeare, también me quedan por hacer Hamlet –de esta obra también me haría varios-, El rey Lear… Me queda muchísimo y, por suerte, los mejores personajes para hombres vienen cuando ya tienes una madurez. Y luego tengo una fijación por esta obra que te decía que me dio el pasaje a la televisión… No digo que lo podría hacer mejor porque aquello tuvo un encanto muy particular, pero es una obra que, quizá por ese recuerdo de juventud y de felicidad, llevo reescribiendo desde hace casi diez años por lo menos. Y casi que no quiero acabarla. Está muy orientado a tratar de hacer una especie de Frankenstein con distintos fragmentos de otras obras de Shakespeare para completar un capricho mío de llevarlo a una lectura más próxima porque ‘Trabajos’ es una parodia del narcisismo masculino, pero los papeles femeninos quedan un poco sosos en comparación. Y tengo el empeño de llevar el conflicto no tanto a una parodia de este narcisismo, sino de la confusión general que tenemos ahora mismo tanto hombres como mujeres en esta reformulación de los roles. Y creo que eso también les iba a dar más cancha, más recorrido, más humor a los personajes femeninos.

Además de ‘Luces de Bohemia’, ¿qué otros proyectos tienes?

Tengo pendiente teatro. Después de esto voy a hacer ‘Los otros Gondra’, en el Teatro Español, y luego, casi seguido, voy a hacer con Eduardo Vasco aquí, en la sala pequeña del María Guerrero, un texto de Ignacio del Moral [‘Espejo de víctima’], así que tengo trabajo más o menos hasta abril seguido.

Por María Cappa