Cuando aún le faltaba un año para terminar la carrera en la RESAD, David Ottone, director de Yllana, lo contrató para una gira de dos años que lo llevó por más de veinte países alrededor del mundo. Ha formado parte de algunos de los mejores montajes de la escena española: ‘La visita de la vieja dama’ (Dürrenmatt), ‘Historias de una escalera’ (Buero Vallejo), el musical de los Monty Python ‘Spamalot’ dirigido por Tricicle… En 2006 fue Don Juan Tenorio en el tradicional montaje anual de Alcalá de Henares (catalogado como Fiesta De Interés Turístico Nacional) y, seis años más tarde, se convirtió en el primer actor español en protagonizar una obra de Shakespeare en el Globe Theatre de Londres tras interpretar a ‘Henry VIII’ con la compañía Fundación Siglo de Oro. En televisión, formó parte del programa ‘Noche Hache’ y de series tan populares como ‘Muchachada Nui’, ‘La Tira’, ‘El príncipe’ o ‘Anclados’. Además, tras debutar en el cine a las órdenes de José Antonio Bardem en ‘Resultado final’ [1997], ha trabajado con Roberto Santiago en ‘El club de los suicidas’ [2007], Jorge Naranjo en ‘Casting’ [2013] o Santiago Segura en ‘Sin rodeos’ [2018]. En 2015 interpretó a uno de ‘Los Hermanos Karamázov’ en la adaptación que José Luis Collado hizo de esta novela de Dostoievski dirigida por Gerardo Vera en el Centro Dramático Nacional. Casi cuatro años después, Fernando Gil vuelve a trabajar con Vera, en otra adaptación de Collado de una novela de Dostoievski: ‘El idiota’. En esta ocasión, da vida al protagonista, el príncipe Myshkin, papel con el que podremos disfrutarlo en el teatro María Guerrero hasta el 7 de abril.

¿Es el príncipe Myshkin un idiota?

No. Yo creo que es el punto de vista de los demás lo que le convierte en un idiota, pero en realidad tiene una capacidad de entendimiento del ser humano y, sobre todo, del dolor… Ha estado tanto tiempo sufriendo que entiende y reconoce el dolor de los demás; sabe por qué y cómo sufren. El tema es que no tiene ningún filtro, es como un niño grande. Dice las cosas desde un lado muy ingenuo, muy cándido, y eso sorprende tanto a los demás que lo ven como alguien que no se sabe frenar, que es un idiota, pero en realidad está constantemente poniendo el dedo en la yaga y desenmascarando a la gente.

Dostoievski se preguntó en varias ocasiones si alguien que vive según el ideal cristiano podría encajar en la sociedad. Su respuesta fue que no. ¿Cuál es la tuya?

Yo creo que lo devoran. Una persona así es directamente apartada. Si llegan al caso de apretarle tanto las tuercas, acabaría recluido en un sanatorio y, si consigue llegar a cierto nivel… En este caso, el autor hace que herede una fortuna, que es muy interesante porque la sociedad lo reconoce y lo integra por eso, pero si se eliminara el componente económico, se diluiría. La gente lo vería tan raro, tan puro y diciendo las cosas con tanta verdad, sin ningún tipo de estrategia, que lo apartarían. A través de la herencia adquiere un cierto interés para la sociedad; la gente quiere arrimarse a un príncipe con una fortuna y es lo que hace que podamos ver un viaje más largo del personaje. Pero, aún así, creo que Dostoievski da en el clavo al decir que una persona así no sobrevive en una sociedad en la que todo está escondido, en la que nunca se dicen las cosas de frente y donde la verdad está muy infravalorada.

Por más que, en la novela o en la obra, tendamos a ponernos del lado del príncipe, si se diera un caso real, todos lo veríamos como a un bicho raro o a un loco. ¿Te ha costado mucho deshacerte de esos prejuicios para interpretarlo?

Fíjate: cuando me lo ofrecieron tenía mucho miedo porque no sabía cómo iba a hacerlo y, curiosamente, una vez que empecé, salió solo. Es uno de los personajes que más respeto me ha dado enfrentarlo y, cuando he empezado, más se ha liberado algo en mí. Encontré un hilo del que tirar y de repente lo vi clarísimo. Empecé a seguir ese hilo y no lo he perdido en ningún momento, ha sido un proceso curiosísimo. No siento que haya tenido que despojarme de nada, sino que parece como que había algo que me hizo entrar en el carril bueno. Es una de estas cosas mágicas que, de repente, aparecen.

¿En qué se diferencia este personaje del resto de los que has interpretado?

Creo que es el personaje más tierno que he hecho y al que me está costando menos dejarlo aflorar sus sentimientos. Y luego, físicamente, es un personaje que está más fuera de sí que dentro. Es como una esponja que ha estado recluido toda su vida por una enfermedad y, de repente, lo sacan a la sociedad y quiere abarcar todo, mirar todo, sorprenderse por todo, así que está afuera. Todo para él es un espectáculo, como si fuera un circo enorme. Y, a través de ese mirar, ya se te va el cuerpo solo.

Físicamente, ¿el teatro exige más que el cine o que la tele?

Todos los trabajos tienen sus exigencias. En cine tienes la dificultad de que, si tienes ocho o diez horas de rodaje, trabajando de verdad estás una hora y media. El resto es maquillaje y, sobre todo, esperar. Y esas esperas son las que hacen difícil que, cuando tengas que salir, estés activo. El teatro tiene dos diferencias fundamentales. Una es que es un lenguaje completamente diferente. En el cine se te ve pensar; casi tienes que trabajar el personaje desde el pensamiento y hay que ser muy conciso en la expresión. En el teatro tienes que llegar a la persona que está en la fila quince del gallinero, entonces, claro, todo lo que piensas en el cine, aquí lo tienes que meter en el cuerpo para que el público sepa el camino que está siguiendo tu personaje, porque si solo lo piensas, no es expresivo. Esto requiere un tipo de energía expansiva que hay que mantener durante las dos horas que dura la función. Y la otra es que, en el teatro, el vehículo del director y el que comunica es el actor. No hay cortes, no hay posibilidad de retomar y, pase lo que pase, tienes que segur adelante. Eres el responsable de que esa continuidad que hay en la función vaya de principio a fin y de mantenerla pase lo que pase; se hunda el barco o no, tienes que seguir. En televisión o en cine, un buen montaje, muchas veces, puede salvar una interpretación regular; el director es más responsable del resultado final que el actor.

¿Qué crees que los personajes que has hecho hasta ahora dicen de ti como actor?

Ha sido muy complicado, pero creo que más o menos he conseguido llegar a lo que pretendía que era no encasillarme. Y eso, en buena parte, ha sido gracias al teatro. En cine y en televisión, normalmente, si tienes algo de éxito… Yo que sé, pues cuando hicimos lo de ‘La Tira’ o ‘Noche Hache’ o ‘Anclados’… Te ven en un papel cómico y es más difícil que te metan en un tipo de roles más dramáticos. Mi idea era intentar ser un actor como los que a mí me gustan de Europa o de Estados Unidos. Ves a Gary Oldman y te hace una comedia disparatada, a Drácula, a un personaje intimista y dramático, a un superhéroe… Y yo quería hacer eso, decía: “Es una vocación que tengo desde los seis años y no me voy a cortar la coleta a la primera de cambio”. Y fue a través del teatro, por ejemplo, que conseguí personajes dramáticos como el de Juan Carlos I en ‘El rey’. El director no me veía, decía: “Este es de comedia”. Justo estaba haciendo ‘Enrique VIII’ en el Globe de Londres y le dije que viniera a verla. Y ahí se convenció. Es decir que, gracias al teatro, he pegado saltos en el cine y la televisión que no hubiera podido pegar si no hubiera estado encima de las tablas.

De aquí a un futuro, ¿qué esperas de tu carrera?

Me gusta mucho escribir e idear mis propias historias, así que me gustaría contarlas. Me gustaría poder estrenar alguna obra o hacer alguna película. Tengo escritos guiones, uno para una película, y un par de monólogos teatrales: uno escrito en colaboración con otros dos amigos y una versión de una obra de teatro americana que me encanta.

¿Y tus próximos proyectos a corto plazo, además de ‘El idiota’?

Mira, a mediados de enero estrenamos en Amazon Prime en más de 180 países una serie japonesa, ‘Magi: The Tensho Embassy’, que trata sobre unos embajadores que vivieron en la época de Felipe II, los Tensho Boys. Vinieron desde Japón, cruzando toda Europa, para reunirse con el rey y saber cuáles eras sus planes de expansión. Ahí hago de Felipe II. Y también estoy a punto de estrenar una película internacional con una directora madrileña que vive en Estados Unidos, Irene Zoe Alameda. La grabamos el año pasado en la India, estuvimos un mes y medio allí, y está en inglés, en castellano y en hindú. Se llama ‘La cinta de Alex’ y es la aventura de un padre recuperando a su hija, que hace diez años que no la ve. Está a punto de estrenarse y tengo muchas ganas de que la gente la vea porque la verdad es que está muy bien.

Por María Cappa