Es actriz, dramaturga, directora y productora. Su primer trabajo en el cine fue como doble de luces y cuerpo de Salma Hayek en ‘La gran vida’ [Antonio Cuadri, 2000]. Ha participado en diversas obras de teatro, series de televisión y películas como ‘El destino’ [Miguel Pereira, 2006], ‘Pudor’ [Tristán y David Ulloa, 2007] o ‘Todos tenemos un plan’ [Ana Piterbarg, 2012]. Su primera obra como dramaturga fue ‘En construcción’ (donde también actuó), que fue candidata al Max a la mejor autoría revelación y dirección. A esta le siguieron obras como ‘Luciérnagas’, de la que, además, fue directora, y ‘Adentro’, que protagonizó, estrenada en 2015 en el María Guerrero y cuyo éxito de público y crítica ameritó su reposición la temporada siguiente. Algo similar ha sucedido con ‘Juguetes Rotos’, de la que es autora y directora. Se estrenó el año pasado en el Español de Madrid y, tras haber sido aclamada tanto por los espectadores como por los críticos, repetirá en este mismo teatro en 2019. Pero no será lo único que veamos Carolina Román este año ya que, por primera vez, se enfrenta a la dirección de un texto que no es suyo: ‘María Teresa y el león’, escrita y protagonizada por Susana Hornos. Mediante esta obra, que estará desde el 15 de marzo hasta el 5 de mayo en la Sala Mirador de Madrid, Hornos y Román sitúan en primer plano a una mujer sepultada tras el título de “la mujer de Alberti”, la escritora republicana y miliciana exiliada durante más de 40 años María Teresa León.

¿De qué trata ‘María Teresa y el león’?

Trata de la vida de una mujer que ha hecho muchas cosas, no solamente ser madre, esposa y amante. Y no solo trata de la escritora, sino de una mujer que cogió la vida como bandera, que luchó por la patria sin nombrar la palabra “patria”, con hechos más que con palabras. Me conmovió pensar que María Teresa murió de alzhéimer después de haber luchado tanto, de haber sufrido dos exilios muy largos, el primero, en Buenos Aires y el segundo, en Roma. Y a pesar de su alzhéimer, luchó contra la niebla de su cabeza y quiso seguir escribiendo para que, quienes la sigamos, sepamos lo que fue vivir el exilio y su manera de ejercer como miliciana. Una de las cosas que más me tocó fue pensar que yo ahora puedo ir con mis hijos al Museo del Prado y ver Las meninas de Velázquez porque esta señora lo salvó del bombardeo. Trata de todo eso. Más allá de la gloria, porque siempre se quieren contar las glorias, lo que me interesa son los momentos bisagra de la vida de una mujer que siempre estuvo en segundo plano.

Una película es la visión que tiene el director sobre la historia mientras que, en teatro, hay más diálogo entre quien la escribe y quien la dirige… Siempre que no sean la misma persona, claro.

(Se ríe). Bueno, yo dialogo mucho conmigo, ¿eh? Me pongo medallas y luego digo: “¡Qué horror! ¿Quién escribió esto?”. Y así vamos…

¿Qué queda del texto que escribió Susana Hornos y qué le has aportado tú?

Susana, por supuesto, es el alma de esta función. Ha escrito un texto muy bonito y quizás mi aportación es reorganizarlo con ella desde los ensayos porque la vista de pájaro la tiene el director. En mi manera de contar ciertas cosas, hemos encontrado que el texto en algunas partes ayudaba y en otras, no y a la inversa. Encontré una muy buena base por donde empezar porque la verdad es que Susana escribe muy bonito, muy poético. Era un reto para ambas partes escribir desde el alzhéimer, desde la enfermedad. Son, digamos, algunas fases de las últimas etapas de María Teresa mezclada con esta cosa de recuerdo fragmentado, como un espejo roto. Y me parece un reto proponerme estar dentro de la cabeza de una persona con alzhéimer y tan potente, a la vez, ¿no? La elección es haberme quedado con la parte doméstica; no con la heroína, sino con la mujer. Me interesan mucho las vidas aparentemente sin importancia porque creo que ahí está la matriz de todo; la grandeza está en esas pequeñas cosas, en ese chiquitaje en el que nadie se fija. En este caso, me interesa abrir una ventanita a su intimidad, a cómo vivió sus decisiones, su amor… Hay una cosa que no estaba en el texto y le pedí a Susana que lo incluyéramos. Cuando se enamoraron con Alberti, ambos estaban casados y, por lo visto, se conocieron en una fiesta y se fueron a pasear por Pintor Rosales hasta que amaneció. Me parece tan bonito eso que alguna vez nos ha pasado a todos de amanecer hablando… Son esas cosas las que me hacen empatizar con una persona más allá del interés que, por supuesto, me genera una mujer republicana, miliciana, escritora, que salvó el Museo del Prado, que hizo radio…

Es el primer texto que diriges que no es tuyo. ¿Has tenido que cambiar la forma de encarar el trabajo, te resultó más fácil hablar con alguien que no fueras tú…?

Ya me medico mejor, ya no hablo sola –dice entre risas-. Es un reto pero estoy encantada de haber abierto el juego. Sí que tuvimos muchas reuniones con respecto al texto antes de empezar. Acepté de inmediato la propuesta por el tema, porque llevamos una vida absolutamente paralela. Los años que yo llevo en Madrid son los que ella lleva en Buenos Aires y es curioso cómo nos parecemos en muchas cosas… Eso me asusta un poco. Y, luego, descubrir que María Teresa León, Susana y yo vivimos en la misma calle en Buenos Aires, también… Creo que las cosas te llegan por algo. Hay un plan, una no-casualidad que mola mucho. El texto me impone porque no es mío, pero luego es como invitar a tu casa a alguien que trae un juguete que no es tuyo. Que se joda, que lo escriba ella- dice con una sonora carcajada-.

En tus obras has hablado de los problemas que sufre una persona transexual, del bullying, de cómo una crisis como la del corralito puede afectar a una familia, ahora del alzhéimer… Parece que tienes una cierta atracción por las situaciones especialmente dolorosas u oscuras del ser humano.

Es posible, visto así… Me interesan los temas que movilizan porque es una lupa interesante de poner. Y también, no te creas, hay cosas muy potentes que pasan en la vida real que en teatro no interesan. Creo que es la manera de contar lo que me llama la atención y, a partir de cosas muy jodidas o triviales, el reto está en descubrir un lenguaje teatral que llevar a las tablas. Seguramente, es el motivo por el que me movilizan este tipo de cosas, por el que, casi inconscientemente, me voy hacia ese lado. Hay una parte del teatro que me parece muy importante y es, quizás, por lo que yo me dedico a esto. Sin que suene aleccionador, el teatro sirve de excusa para contar las historias más difíciles desde el lugar más empático. Por ejemplo, hay gente que no supo exactamente de qué se trataba el corralito o para la que no era más que una noticia, pero, si uno lo pone en primera persona la empatía es tan directa que ablanda el corazón para que dejen de escucharlo con la cabeza y lo escuchen desde otro sitio. En ese sentido sí me parece que el teatro nos enseña, nos educa, pero en el mejor sentido de la palabra, sin aleccionar. Yo nunca digo que algo está bien o mal, sino que intento poner toda la gama de verdes para que tú elijas con cuál te identificas o qué verde no veías y ahora sí percibes. Y, además, creo que las obras nos leen a nosotros; por lo menos a eso aspiro, a que salgas con alguna pregunta. Lejos de ser un entretenimiento, que también está muy bien y es necesario, para mí la misión del teatro es poner voz a otras voces que fueron acalladas como es el caso de los transexuales.

¿Haces una obra porque necesitas hablar de algo o compartirlo con alguien o para conseguir algo del espectador?

Siempre escribo desde la butaca… A ver, voy antes. Siempre, no sé por qué, creo que son las historias las que me eligen a mí. Es una fantasía en la que creo a rajatabla… -dice entre risas-. A partir de ahí es qué necesito contar y cómo lo voy a contar. Y eso sí es desde la butaca; o sea, pienso en cómo me gustaría a mí ver esa historia. Es verdad que, desde ahí, es un juego más libre, no hay una exigencia de resultado, sino del proceso, de lo que a mí me gustaría ir viendo. Respecto a lo que yo necesito contar… El alzhéimer ahora me da de lleno por un tema familiar y está siendo muy movilizador para mí. Casualmente, varios integrantes de esta compañía que formamos para este trabajo tenemos en casa el mismo tema. Entonces quizás un familiar se puede sentir más acompañado si lo viene a ver o gente que no lo conoce, además de saber quién era María Teresa de León, puede saber por qué la obra se llama ‘María Teresa y el león’, saber quién era ese león que la estaba devorando a zarpazos hasta convertirla en una mujer sin cabeza. Es una manera de compartir la herida.

En alguna ocasión has dicho que te costó mucho entrar en el circuito laboral en España, pero desde 2014 has trabajado bastante seguido. ¿Qué ha cambiado?

No sé contestar a eso… A mí me ha costado muchísimo simplemente que me hagan un casting, ya no te digo que me elijan. Me ha costado Dios y ayuda. Yo venía con el chip de que entre todos hacemos todo y aquí me encontré con que no era así. Entonces invertí el único dinero que tenía en producir y coproducir cosas mías y ese resultado me ha llevado a otro. Es como si, por fin, pudiera demostrar que puedo escribir, actuar y dirigir, entonces es… El trabajo llama al trabajo. Pero sigue siendo muy difícil. No es nada fácil, no es que entres a una rueda en la que, de repente, sea jauja. Cada vez que termino un trabajo digo: “Uy, ¿y ahora?”. Quizás de afuera se ve como un éxito continuo o rotundo, pero, para mí, cada fin de trabajo es una vuelta a empezar y, a la vez, un reto nuevo donde volver a superarme y donde continuamente me estoy demostrando que parece ser que sí.

Desde que llegaste a España, ¿en qué has mejorado o evolucionado como artista?

En todo, pero a medida que he podido trabajar porque la escuela es el trabajo. He mejorado como dramaturga, como directora y como actriz a medida que he podido trabajar de esto. Tengo mucho todavía para dar y mucho por aprender, pero se hace camino al andar, ¿no?

Además de ‘María Teresa y el león’, ¿tienes algún otro proyecto a la vista?

De momento estoy con esta obra. También sé que volvemos con ‘Juguetes rotos’ al Español esta temporada y estamos muy contentos con esto. Y tengo textos míos dando vueltas, buscando padres. Ahí estamos. Textos que, jolín, me da mucha rabia porque me enamoro tanto de mis proyectos que tengo la sensación de que ya va a ocurrir sí o sí. Después… Dios o la oportunidad dirán si sí o si no. Sí te digo que es raro el día que no trabajo; en mi casa siempre estoy escribiendo, intentando sacar proyectos adelante… Pero he aprendido, por fin, que no a cualquier precio, que no es que yo hago todo a ver si alguien nos ve, a ver si alguien nos produce… Eso es un callejón sin salida. Y es muy frustrante luego ver las dos monedas con las que quizás te vas a quedar para repartir entre veinte. En eso sí que he avanzado, en saber dónde apuntar la energía.

Por María Cappa