Arqueologia - danza - interpretacion - dramaturgia - Laura Aparicio - actriz - cine - Juanma Bajo Ulloa - Airbag - Isabel Coixet - A los que aman Arqueología, danza, interpretación y dramaturgia. Son las áreas en las que Laura Aparicio ha ido ahondando a lo largo de su carrera y que, con gran habilidad, ha hecho confluir en cada una de las actividades que ha llevado a cabo. Como actriz, en el cine, a trabajado a las órdenes de directores como Juanma Bajo Ulloa  (‘Airbag’), Isabel Coixet (‘A los que aman’), Fernández-Armero (‘Nada en la Nevera’) Daniel Cebrián (‘Segundo Asalto’).  En enero de este año se convirtió en la primera mujer en ganar el Certamen Nacional de Textos Teatrales ‘Cuenca a Escena’ con “Cuando se pierde un zapato se pierde una batalla”, obra que, acaba de publicar Ediciones Invasoras y que, además, se estrenó el pasado mes de junio en el Auditorio de Cuenca.

Has escrito un total de cinco obras y esta, que es la segunda y la escribiste hace tres años, es la que se publica. ¿Por qué?

Evidentemente por el Certamen, pero luego porque es tan actual… La empecé a escribir en 2015. El semillero fue un laboratorio de Sanchís Sinisterra con el Teatro Fronterizo y a partir de ahí surgieron cosas… Lo que ocurrió con los refugiados en agosto y septiembre de 2015 fue brutal… La obra es como una especie de tríptico; es una viaje, una especie de raod movie en un escenario que es un poco difícil (dice entre risas). Comienza Z, que es un hombre que decide que tiene que buscar a ELLA. Inicia el vaje, va por varias zonas de Lisboa, al final la encuentra, pero se va encontrando con diferentes escenas en las que cada vez se va metiendo más. Hay mucho de lo que se está viviendo actualmente en Europa.

Esta obra, que es completamente vigente, ¿expone lo que ocurre o también plantea alguna solución?

No, no hay una solución. Ojalá. Debe haber gente buscando resoluciones, aunque supongo que son las que les convienen a ellos; estamos viendo cómo en todos los países del Este al final las cuotas se están viniendo abajo… Creo que no fui tan consciente hasta que Julio, el editor de Ediciones Invasoras, me hizo el prólogo y dijo que las diferentes escenas son fotografías, es el obturador que se abre y te muestra una imagen. Y de repente pensé: “Ostras, sí, es verdad…”. Me sentí muy identificada con ese análisis. Además, ELLA es periodista y es la que nos va relatando un poco cómo ha llegado allí y cuál es su vivencia.

Decías que la obra es como una road movie. ¿Con qué herramientas has contado para trasladar este tipo de género al teatro?

Cuando me pongo a escribir soy la dramaturga; luego es verdad que la actriz, a veces, entra, sobre todo siempre que hay diálogos y un personaje tiene que decir algo… No tengo problemas para ponerme en el lugar del otro y poder hablar desde ahí. Es cierto que, en los primeros borradores, estaba diciendo cómo tenía que ser la puesta en escena. Cuando terminé la obra, en 2016, se la llevé a mis adorados Alberto Conejero y María Velasco –que fue la que me hizo la presentación tan bonita del libro-  a una cosa que se llama “Clínica de obra” con más compañeros que llevaban sus obras, sus semillitas… Como para que te den una visión más allá de la tuya, que por ahí no ves otros caminos. Y me acuerdo que Alberto, cuando leyó mis acotaciones, me dijo: “Pero ¿dónde vas? ¿Y qué sitio le dejas al director de escena?” (recuerda entre carcajadas). Y era verdad, aunque no me lo había planteado así. Hay que hacer una didascalia, una acotación poética para que quien la vaya a montar se imagine por dónde va, pero yo entraba en detalles de la música, la iluminación…

El hecho de ser actriz, ¿te ha condicionado o te ha predispuesto de alguna manera para escribir tus obras?

No, no… Mira, justo acabo de terminar un laboratorio con Roland Schimmelpfennig, que es un dramaturgo alemán muy importante en todo el mundo, y justo decía eso, que hay que ser muy valiente a la hora de escribir; arrojarse a buscar y no pensar qué se puede hacer y qué no. De hecho, en la última obra suya que he leído, “El niño que vuela”, él sube a un niño a un campanario y no se sabe cómo se puede hacer… ¿Cómo lo subes? Con una imagen que proyectas,  con un gancho que lo eleve, lo sientas en un determinado lugar, lo iluminas de una forma y eso ya te hace ver que está arriba… Esto es lo bueno del teatro. Y yo nunca pienso: “Esto no lo puede hacer un actor”. El actor puede hacerlo todo.

¿Qué cualidades de la danza y de la interpretación te han servido para sentarte a escribir?

Pues mira, yo creo que de la danza, tanto clásica como contemporánea, ubicarme en los espacios. Es que, de pronto, un espacio, adquiere una profundidad o las cosas son más pequeñas porque lo requiere el texto o todo lo contrario, hay que correr como una loca por todo el escenario. Es como… Jo, es que es muy difícil explicarlo porque también tiene que ver con cómo lo dicen los personajes, cómo se toman su tiempo y, muy importante, las pausas y los silencios en escena, que cuentan igual que un texto. Es una cuestión de respiración y de ritmo.

¿Y de la arqueología?

Mira, ¡ayer estuve en el Museo Arqueológico! Claro, yo me voy a viajar por el mundo y me voy a ver ruinas, es inevitable… Pero ahora, si tuviera tiempo, también haría antropología. Me parece que se necesita a mucha gente para sacar a todos los que están es las cunetas… ¿Cómo me ha influido? Supongo que tiene que ver con eso de buscar, de ver qué hay… Todo lo que es investigación, me puede. Quiero saber siempre. Y ‘Cuando se pierde un zapato se pierde una batalla’ tiene mucho que ver con ese ir buscando, saber qué hay… Luego ha habido textos que he tenido que actualizar, como el de Calais, porque desmantelaron el campamento y la policía no deja que entre nadie a dar comida o mantas. Han pasado un invierno…

¿Echas de menos interpretar?

No, para nada, porque he estado interpretando. El 29 de febrero estrenamos “Al otro lado… Hambre, papel, tijera” en el Teatro de las Culturas, el de Alberto Ammann y Clara Méndez-Leite. Es una obra cortita, de una hora, con una mesa y dos actrices. Trata de la prueba de un nuevo fármaco y en realidad es una obra feminista. Son dos mujeres diferentes que al final confluyen en muchas cosas. Era como una pieza corta que estaba dentro de ‘Cuando se pierde un zapato se pierde una batalla’, pero había tantas que María Velasco me dijo que tenía que sacar algunas. Y, de hecho, saqué cosas que ahora estoy desarrollando.

O sea, que estás combinando ambas actividades.

Claro. Es cierto que cuando estoy como actriz… Estaba pensando que ahora me han ofrecido otra obra para octubre y… En Amage Teatro somos todas mujeres. Eso no quiere decir que no queramos hombres, pero es un planteamiento de un núcleo de mujeres que trabajan porque tenemos muchas menos posibilidades a la hora de acceder a muchos sitios. De hecho, yo ahora estoy en la Junta de la Liga de las Mujeres Profesionales del Teatro y estamos intentando que haya una igualdad en el campo de contratación en cualquier área, no solo actrices y directoras, también técnicas, iluminadoras, sonoristas… Y estaba pensando que “Al otro lado” ya la tengo, aunque tengamos que ajustar algunas cosas, y podría seguir escribiendo todo lo que tengo que entregar porque esta obra ya la tengo. Pero meterme con otra… Cuando he tenido mucha televisión u otras obras de teatro, he dejado de escribir porque mi cabeza está en un personaje, un contexto, sea mía la obra o no… Y no me puedo centrar en otra historia.

Te he preguntado qué le ha aportado la danza y la interpretación a tu faceta como dramaturga, pero, ¿y al revés? ¿Qué le ha aportado la escritura a tu actriz?

Pues… (comienza a sonreír) Me di cuenta, en una de las funciones, de “Al otro lado” de que a mi dramaturga le jodía mucho que las actrices se equivocaran con el texto. Supongo que la escritura me ha aportado un campo mucho más abierto, al menos en este proyecto; la función me la sé mucho mejor porque la he escrito. Y, de hecho, creo que me ha aportado el hecho de conocer mucho más la obra, respetar mucho más lo que está escrito. Hay veces que, a menos que sea un clásico, los actores no nos damos cuenta de que cuando nos dan un texto, si está bien escrito, está así por algo. Soy más consciente del trabajo del que escribe, si está bien hecho, por qué está así, por qué ese sustantivo y no otro, por qué ese adjetivo y no otro…

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Es que no sé si puedo decirlo… Tengo pendientes cosas para dos revistas teatrales. Y una de mis obras cortas, que se va a estrenar en Grecia en una cosa que hay de dramaturgias españolas, en diciembre, que la van a montar allí. Y también van a incluir una de mis obras en un libro de texto para los que están estudiando Teatro en la Universidad del Peloponeso junto con otras obras más de otros autores españoles. Y van a editar las obras que tengo traducidas al griego… Grecia, para mí, es el summun de todo. Otros serán más egiptólogos, yo soy muy de Grecia. Me siento muy griega yo.

Por María Cappa