“Manolita me sirve para entender la época y a la mujer en esa época. Es un símbolo, el referente, la imagen; es lo que fueron nuestras abuelas y nuestras madres. Al final, simplemente les estoy haciendo un homenaje, gracias a los guionistas, a todas esas mujeres que vivieron la guerra y posguerra”, cuenta la actriz Itziar Miranda, que lleva ya 13 años dando vida a este personaje de ‘Amar es para siempre’. Aunque, hasta el momento, puede ser su trabajo más importante, no es el único. Antes de terminar sus estudios en la escuela de arte dramático de Jorge Eines, Ensayo100, ya había conseguido su primer papel en la película ‘Nada en la nevera’ (Álvaro Fernández Armero, 1998). A este trabajo le han seguido innumerables personajes en cine, teatro y televisión e infinidad de cursos y seminarios que le han ayudado a seguir creciendo como intérprete. En 2016, se adentró en el mundo de la literatura infantil con su colección de cuentos ‘Miranda’ (ed. Edelvives), donde narra la historia de mujeres con un relevante papel en las ciencias, las artes o la política ninguneadas por una sociedad eminentemente patriarcal.

Una de las características de las series es la incertidumbre; no solo porque no se sabe cuánto va a durar, sino porque no sabes cómo va a evolucionar tu personaje. ¿Cómo compensas esa falta de información?

Fijándome en mi abuela y en el aquí y el ahora. ¿Qué tengo? Un texto en el que estoy enamorada de Marcelino. No sé qué va a pasar, si voy a acabar con él o no; y casi mejor ni saberlo para no anticipar nada. Lo único que sé es que esta niña es huérfana, que solo tiene un padre adoptivo, que es de pueblo y todo le parece un mundo, pero que tiene unas ganas locas y que es una mujer bandera con una fortaleza brutal. Entonces, es jugar con el aquí y el ahora. No puedes pensar en más ni irte muy atrás. Al final, la época te pone mucho en contexto.

Otra particularidad de grabar una serie diaria es la rapidez con la que tienes que resolver una escena. Y veces uno puede tirar de trucos ya aprendidos…

(Interrumpe) Pero eso es si desconfías de ti y de tu compañero. Para mí, lo más importante y lo más divertido es que tienes un pase de texto, un ensayo de marcas rápido que tiene que quedar fijado en un pase y lo siguiente ya es la grabación. Entonces, ¿qué tienes? Al otro, como decía Jorge Eines. En el escenario o en el plató tienes que ser una gran oreja; es una improvisación en la que conoces el texto, pero no qué te va a dar el otro. Si estás abierta, a flor de piel –que es como tiene que estar un actor cuando está trabajando-, tienes que ver qué te pasa con el otro, dejarte sorprender. Y ahí no puedes tirar de trucos porque eso supondría que no tienes escucha.

¿Cómo ha evolucionado tu trabajo sobre el personaje de Manolita?

Manolita ha cambiado mucho desde que empezó la serie. Era una niña de pueblo, soltera y a la que Madrid le parecía muy grande. Ahora, tiene ocho hijos y un bar familiar; es una pionera que ha luchado contra ese sistema patriarcal que le ha tocado vivir. Ha llegado a falsificar la firma de su marido para poder trabajar fuera de casa o para sacar dinero del banco y pagar un colegio al que su marido, a priori, no quería que fueran sus hijos. Y esto te cambia físicamente; en cómo andas, cómo te enfrentas. Manolita, durante mucho tiempo, ha estado a la defensiva porque le dolía la vida… Y ahora está en un momento más tranquilo, lo que le da otra ternura. Yo recuerdo a mi abuela que, con 70 años, parecía la mujer más tierna del mundo cuando siempre la habíamos llamado la “abuela sargento”. Y con Manolita ocurre lo mismo.

Estuviste casi dos años en la serie antes de volver al teatro con ‘El principito’. ¿Te costó readaptarte al ritmo más pausado que exige este último medio?

La verdad es que no. Cuando entro al teatro, lo hago con otra energía. Es increíble. Sé que tengo seis horas para ensayar, para construir, para investigar… Soy una actriz muy rápida en la tele, pero especialmente lenta en el teatro. Tengo compañeros que, en la primera lectura, ya tienen al personaje. Yo no, tardo mucho, aunque una vez que ya lo tengo agarrado, me permito volar. Y creo que este cambio de ritmos hace que también cambie mucho a los personajes que hago en un medio u otro.

Respecto al encasillamiento, has dicho que no le tenías miedo porque…

Es que yo creo –y perdóname que te interrumpa- que quien te encasilla es la profesión, no el público. El público se come lo que le des; me ve en el teatro con ‘Dani & Roberta’ y ven a Roberta, pero ponen la serie y ven a Manolita. Yo creo que es la profesión la que tiende a encasillarte. Y en mi caso no ha pasado. No me han ofrecido un personaje parecido a Manolita, ni en teatro ni en el cine. Así que, si la profesión no me encasilla, no le voy a tener miedo yo a eso.

¿Qué has aprendido de los personajes que has hecho al margen de Manolita?

Roberta me llevó a la calle, a lo oscuro, a lo feo, que es algo que me cuesta mucho trabajar. Era tierna, pero estaba más atormentada, era un personaje muy duro y esto es algo que no va tanto conmigo. Estaba mucho más distanciada de mí que Manolita, pero a la vez la entendía muy bien, tenía muchas herramientas para defenderla. En el Spregelburd [‘Lúcido’, dirigida por Amelia Ochandiano], por ejemplo, me costó diferenciar el vínculo entre los personajes con el que se creó entre los actores. Aprendí a querer y a respetar a mis compañeros en escena aunque los personajes se lleven mal.

Ahora vas a interpretar a Agripina en ‘Nerón’, que se va a estrenar en el próximo Festival de Teatro de Mérida; un personaje del que has dicho que es el más complicado al que te has enfrentado hasta el momento.

Aún no hemos empezado a ensayar, pero yo ya lo estoy trabajando individualmente con mis clases de voz y tengo muy presentes a mis compañeros. A algunos los conozco bastante bien, sobre todo a Raúl [Arévalo], a Diana [Palazón]… Son actores de una fortaleza bestial, de raza. Y esto en Mérida se multiplica por mil. Además, Raúl y yo estamos todo el rato en escena en una batalla amor-odio-pasión entre madre e hijo muy bestia. Él la mató y ella se le aparece constantemente en escena de manera real, con la edad con la que la mató, así que tienen los mismos años. Es una confrontación brutal entre dos personas que se aman y se odian de manera obsesiva. Agripina, además, es irónica, malvada, manipuladora, inteligente, caprichosa… Son demasiados matices para un personaje. El texto es delicioso; cuando lo leí por primera vez, no podía soltarlo y pensé que no podía decir que no, pero ¡qué difícil! Aunque ya no quiero pensar más en eso; quiero llegar a los ensayos, mirar a Raúl, jugar y ver qué sale.

Un reto que sí has superado es el de la literatura infantil, gracias a las historias de Miranda. ¿Por qué habéis elegido a estas once mujeres y no a otras?

A ver… Mi hermano y yo tenemos una lista de muchísimas mujeres, pero nadie invierte en lo desconocido; la gente compra solo lo que conoce y más si es para sus hijos. Así que primero pusimos a tres mujeres muy conocidas: Frida Kahlo, Juana la Loca y Marie Curie. En la segunda tanda ya me dejaron poner a mujeres conocidas, pero no tanto; ahí entra, por ejemplo, Billie Holiday que, aunque no lo parezca, hay mucha gente que no sabe que fue una cantante de jazz ni cómo llegó hasta donde llegó. Y en la tercera, como la gente ya se había enamorado de Miranda y querían escucharla contando una historia sobre una mujer, fuera quien fuera, Edelvives ya nos dio luz verde para presentar a las mujeres que teníamos primeras en la lista. Por ejemplo, nos hemos atrevido con Hedy Lamarr, una actriz e inventora austríaca que ideó el salto de frecuencia que luego se ha desarrollado como la wifi y la primera mujer que se desnudó y que tuvo un orgasmo en una película comercial… Tiene una historia fascinante y nadie sabía nada de ella. O de Emily Brontë, cuando, además, este año se cumplen 200 años de su nacimiento y ‘Cumbres Borrascosas’ está considerada como el mejor libro de la literatura inglesa.

¿Con qué historias de mujeres nos vais a sorprender en los próximos libros?

A día de hoy, solo hay un 7,5% de referencias femeninas en los libros de texto. Y no porque lo decidan los editores, sino que el contenido está determinado por ley. ¡Por ley!  Y este es un problema muy grave porque las niñas no tienen referentes a los que querer parecerse. Es lo que decimos siempre, la invisibilidad de determinadas mujeres está tan naturalizada que, a veces, ni te das cuenta. En el Prado, por ejemplo, de las 1200 obras expuestas, solo hay cuatro de tres mujeres cuando el museo tiene ocho mil obras de mujeres catalogadas. O esos casos de los cuadros  firmados por hombres cuando están pintados por mujeres, como ‘La dama del armiño’, considerada la mejor obra del Greco cuando es de Sofonisba Anguissola. Por eso, ahora nos vamos a centrar en mujeres muy importantes que han hecho mucho por la ciencia, la pintura, la política… pero que han estado y siguen estando silenciadas. Es decir, que vamos a hablar de mujeres con un perfil más desconocido, pero igual de relevante.

Por Maria Cappa